¿Y Naranjo, qué?

Al general Óscar Naranjo lo necesitamos de regreso y con liderazgo recuperado.

Es un entierro de Manual Político, Capítulo 1: Cómo acabar con un aspirante a vicepresidente, con más novias de las que puede atender, en menos que canta un gallo. De pronto me equivoco y estamos ante una jugada maestra digna de Maquiavelo. Pero la vertiginosa ascensión a la gloria del general Óscar Naranjo, cuando era director de la Policía, y su cadenciosa desaparición de escena hasta convertirse en un espectro no auguran una fácil recuperación. Y eso que en política lo que hay son cadáveres resucitados.

Con uniforme, sus índices de popularidad superaban los de los dirigentes políticos. Al retirarse, marchó a asesorar al Gobierno mexicano mientras los cantos de sirena de distintas toldas le alegraban el oído. Se dejaba cortejar sin decidirse, hasta que la ambición y la falta de malicia para moverse en un mundo de reglas torcidas le aconsejaron dar un paso en falso.

En un país dividido en dos mitades, optó por tomar partido en el momento inadecuado. Podría haber esperado, pero debió creerse los rumores de que un día lo harían vicepresidente y aceptó la mano de Santos. Como ya sabemos, le dieron primero un paquete chileno: ser integrante mudo de la delegación de La Habana. En aquel momento, de haber sido yo política y considerarlo mi rival, habría celebrado con voladores.

Debió cambiar su cara agradable, su locuacidad y su protagonismo por el rostro circunspecto, la boca cerrada y un caminado rápido frente a las cámaras que graban el sigiloso y monótono paso de las delegaciones de Gobierno y guerrilla hacia la sala de reuniones. Las escasas veces que habló pasó inadvertido, porque no daba una opinión, repetía una orden por escrito y casi siempre mal recibida por los que fueron sus hombres.

Puede que para levantarle la moral, o quién sabe si dentro de esos juegos a cinco bandas que una es incapaz de interpretar, le inventaron un ministerio para que se entretuviera como hicieron en su día con Lucho y su alta consejería de algo que no recuerdo.

Pronto se cansó del juguete o jugaron de nuevo con él y lo regresaron a Cuba, donde quizá medite cómo lo pulverizaron los políticos. Ya lo vivieron en propia carne Rosso José Serrano y otros. Mojan prensa en el cargo, adivinan ante ellos un universo de oportunidades y los evaporan.

Pero a Naranjo lo necesitamos de regreso y con liderazgo recuperado. No sé cómo se logra, ni siquiera si es posible. Porque este proceso de paz chueco que nos dejarán firmado el año que viene o en el 2017 requiere una reforma de fondo de la Policía Nacional. Se vendrá una delincuencia salvaje de los guerrilleros que sigan en el monte, gente de 10, 15 y más años de experiencia terrorista, mejor entrenados y con más disciplina que muchos ‘paracos’. Ya hay capitales con inseguridad callejera irrespirable y solo irá a peor.

Naranjo tenía antes una idea muy clara de cómo llevarla a cabo, pero se requiere ser más que una sombra para imponer criterios. También la cúpula policial debe abandonar su actitud servil para esa revolución interna que cambie la actual estructura caduca, gastada, que genera desmotivación entre cientos de profesionales excepcionales, y corrupción. Una cosa es respetar la institucionalidad y otra ser los tontos útiles del paseo.

NOTA: por cierto, general Palomino, atrapen al ‘Morocho’, que extorsiona en la zona del Guanábano, Campoalegre (Lorica). Es cruzar el Sinú por el primer planchón y ya. Un día irá la ministra a inaugurar el bonito colegio de allá y ese tipo los deja como un zapato.

 

Salud Hernández-Mora para eltiempo.com