El alcalde violador

Hay que sacar a la luz pública a los depravados que arruinan la vida de los niños.

Acababa de cumplir 13 años cuando el alcalde la violó. Relata los hechos con serenidad; unos los describe con pinceladas pequeñas, minuciosas, y otros, los más dolorosos, a grandes brochazos.

Cada vez que salía de la catequesis para la primera comunión, una amiga con la que iba a la iglesia insistía en que aceptara verse con el señor. Le compraría un celular último modelo, le daría plata, era un tipo importante. Ella rechazó la oferta varias veces hasta que, presionada, sucumbió a la tentación.

El 2 de agosto la recogió la camioneta de la primera autoridad municipal. Manejaba ‘Tisoro’, chofer de confianza del alcalde, y la acompañaba la amiga. “Tengo el periodo”, advirtió la niña. “No importa”, respondió el chofer, y le dio un acetaminofén. “Eso se lo quita”.

Se dirigieron a la finca San Felipe, a escasos cinco minutos del centro urbano. Parquearon junto a la casa, de color azul claro, situada en medio de las verdes montañas que rodean Yacopí, a cuatro horas de Bogotá. El chofer abrió la puerta, y solo entró ella.

Se metió en la primera pieza y enseguida apareció el alcalde, de 46 años. Señaló el baño y pidió a la niña que se bañara. Reapareció envuelta en una toalla. Él le ordenó que se la quitara, pero ella no quiso. Enfadado, se la rapó. Le mostró en su celular dos videos grabados a otras menores. ¿Las conoces? Quiso saber el alcalde. Ella, asustada, respondió que no.

Después, sin más preámbulos, la violó. Al terminar, como la niña sangraba, el señor la secó con la toalla, le advirtió que no debía contarle a nadie lo ocurrido, y salió. Mandó luego con la amiga 20.000 pesos e inició la cacería de la siguiente presa.

“No es tan fácil superarlo. Cada noche yo pienso en eso, en la decepción de mi papá, mi mamá, mi abuela, mis tías, son muchas personas. Uno no deja de pensar cómo lo mira la gente, en las habladurías, en lo que le van a decir en el colegio. Al principio no me hablaba con nadie”, me dice con la mirada clavada en su falda de colegiala, como si ella fuera la culpable de algo. Tiene el pelo negro brillante, ojos vivaces, y un rostro y una inocencia infantiles. “Uno se arrepiente mucho de las cosas, pero la gente siguió hablando las cosas que no son. Que nos pagaron 200 millones por decir esto. Donde me han llevado, siempre he dicho la verdad”.

Para su familia es una tragedia. A su abuela paterna le parece increíble que un alcalde cometa una barbaridad semejante. “Esto no puede quedar así, no es un juego”, asevera indignada. Una de las tías confrontó al violador, lo conoce desde siempre. “¿Cómo nos pudo hacer algo así?”, le espetó. “No nos hemos recuperado. Me he bajado como 5 kilos de peso, nos echamos a llorar cuando lo supimos”.

La mamá, que trabaja en Bogotá, quedó devastada. “¿Con qué corazón le hacen a uno ese daño?”, se pregunta. “No le cabe a uno en la cabeza”.

Hablé con el alcalde, Wilson González. Lo negó todo. “Soy cristiano, han tratado de enlodarme por temas políticos. Yo ni conozco a esa señorita. Estoy en paz con Dios, doy la cara y espero que investigue la Fiscalía. Mi conducta es intachable”, aseguró.

Lo siento por él y su familia; es una acusación terrible, pero la versión de la niña es cierta. Y tampoco es la única acusación de abusos en Yacopí. La Fiscalía debería averiguar lo que hizo en su día un alcalde anterior, Germán Bustos, y el señor Jaime Enrique Sánchez. Hay que sacar a la luz pública a los depravados que arruinan la vida de los niños.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA