Crónicas

‘No es solo oro lo que brilla en Guainía’

A pesar de la gran reserva de recursos minerales, la lucha contra la minería ilegal es muy difícil.
No es solo oro lo que brilla en Guainía. El coltán es el principal objeto del deseo de extranjeros y nacionales. Lo siguen buscando porque lo hallado en el Parque Natural Nacional Puinawai es de baja calidad, nada comparado con el que existe en Venezuela.

También van detrás del tungsteno, aunque la mina más grande que había, la de Zancudo, en Cerro Tigre, una elevación en medio de una inmensa planicie selvática, está cerrada de manera temporal. El exceso de vacunas de varios frentes de las Farc y dos ‘bacrim’, así como la caída en un 40 por ciento del precio internacional, la tenían al borde del precipicio.

Un reciente operativo policial y militar le dio el puntillazo. Pero indígenas puinaves, curripacos, cubeos y sicuanes, que obtenían de ella sus recursos, confían en que la reabran el próximo año.

“Cuando había harta gente, se sacaban 15 a 20 toneladas en un mes. Pagaban al minero 8.000 pesos el kilo en la mina”, recuerda Jairo González, líder puinave.

Sacos de coltán decomisados, que se encuentran en cadena de custodia en Puerto Inírida. Salud Hernández-Mora

Sacos de coltán decomisados, que se encuentran en cadena de custodia en Puerto Inírida. Salud Hernández-Mora

Los compradores, amparados por una empresa formal, embarcaban el tungsteno en el río Inírida y recorrían un laberinto de caños durante ocho o quince días, según el nivel de las aguas, hasta arribar a la vereda El Retorno, en el departamento del Guaviare. Luego seguían por carretera hacia Bogotá.

“Sin la mina, que funcionó cinco años, estamos de manos cruzadas. Los indios ya nos acostumbramos al tinto de los blancos y no tenemos con qué comprarlo. El Gobierno tiene que dar alternativas”, agrega González.

La novedad de las llamadas “arenas negras”, que en Guainía explotan de manera ilegal, es el estaño, aún extraído en cantidades pequeñas. Encontré el campamento de la única mina de la que se tiene noticia en una playa del río Atabapo, tras varias horas de navegación por un paisaje tan bello como solitario. Un ciudadano canadiense, que pasa temporadas en Inírida, es el comprador de todo lo que extraen.

“Vamos a completar un año”, comenta Fabio (*), un indígena alto y fornido, que dirige la operación en el terreno. A su mando tiene quince trabajadores.

Explica que por cada bulto de 20 kilos de arena, que extraen del fondo de los ríos, obtienen uno de estaño. Una parte la sacan con tubos conectados a una pequeña y rudimentaria balsa (draga) de madera y techo de paja, idéntica a las que emplean los mineros de oro en Guainía; la otra se la llevan indígenas que viven en caseríos de los alrededores. Fabio les paga entre 2.500 y 3.500 pesos por kilo. Es una labor ardua, bajo un sol aplastante.

“Si uno trabaja rápido, consigue de 10 a 15 kilos por día. Es muy duro y pagan poco. Pero necesitamos recursos, tenemos estudiantes en Inírida”, cuenta un nativo curripaco. “En nuestra comunidad vivíamos del chiqui-chiqui (una fibra), el casabe y el mañoco (dos productos alimenticios locales hechos de yuca brava); las balsas de oro llegaron como hace tres años y ahora apareció esa tierra negra”.

Cada dos meses juntan unas cinco toneladas de estaño que los dueños del mineral exportan, vía Bogotá, tras recorrer en bongos, de manera furtiva, igual que ocurre con el tungsteno y el coltán, cientos de kilómetros por una intrincada geografía.

“Por estos lados los indígenas solo consiguen cultivar yuca brava y algo de piña para el consumo. Pescado hay poco en el Atabapo. La mina es su único ingreso”, señala Fabio. “Nosotros queremos que nos formalicen para que el Gobierno nos deje trabajar en paz y podamos sacar el doble o más de estaño, el de Colombia es de buena calidad”.

Pese a las enormes expectativas que despierta, el potencial que posee y una historia que se remonta más de medio siglo, la minería en Guainía sigue en pañales, ni siquiera da lo suficiente para mover el comercio de la capital del departamento. Pero constituye el principal medio de vida para quienes no acceden a un puesto en la alcaldía, la gobernación o alguna de las entidades estatales, principales fuentes de empleo en una región donde no hay industria ni empresas medianas.

“En Colombia quieren abolir la minería, no nos dejan trabajar, y el Gobierno no debería castigarla porque Inírida se mueve es por el oro de acá y de Venezuela, y por las arenas negras”, exclama una mujer que alterna su empleo de mesera con trabajos esporádicos en las minas.

Operación Arpón

Basta observar el mapa de Guainía y recorrer parte de la región, para constatar que la guerra que la Policía, la Marina y el Ejército libran contra lo que ellos denominan minería “criminal”, está perdida de antemano. Selvas impenetrables, grandes ríos solitarios, una maraña infinita de caños y una frontera fluvial de 434 kilómetros con Venezuela obstaculizan sus batallas.

En la operación Arpón, llevada a cabo el 22 de agosto por los tres cuerpos mencionados, destruyeron seis balsas (dragas) y dos campamentos mineros en el Atabapo.

A fin de evitar filtraciones, los oficiales responsables debieron guardar total sigilo sobre el auténtico objetivo hasta momentos antes de ponerla en marcha.

Un grupo de policías, conformado por mujeres y hombres, se hicieron pasar por contrabandistas de gasolina del Vichada para surcar el río sin despertar sospechas. Se trasladaron en cinco bongos que habían comprado a unos comerciantes. Ellos iban en la parte trasera, a cara descubierta, y los que llevarían a cabo el asalto viajaron acostados en la estrecha embarcación, cubiertos con una lona.

“Fue una misión criolla, no se utilizaron las grandes tecnologías ni helicópteros sino una larga labor de inteligencia y de encubrimiento para caerles por sorpresa a las 7 de la mañana. Nunca creyeron que pudiéramos llegarles hasta ese punto del río sin que nadie advirtiera el engaño”, relata uno de los policías, destinado a la guarnición de Guainía, que participó en Arpón. Además de inutilizar las dragas, lograron capturar in fraganti a ‘Shirley’, radiooperadora y financiera del frente ‘Acacio Medina’ de las Farc. Cargaba 18 millones de pesos de las vacunas que había recogido momentos antes.

“Esta vez los mineros no pudieron protestar, como ocurre en otras ocasiones, porque se evidenció la participación de las Farc en la cadena del negocio”, señala el policía. “Ese frente, que tiene de cabecilla a ‘John 40’, no ataca, es financiero. Su objetivo es la producción de dinero”, asegura. Cuenta con unos 150 efectivos, medio centenar en Colombia y el resto, en Venezuela.

Las autoridades son conscientes de la dificultad de su misión. Saben que los mineros vuelven a lo mismo, pero asestándoles golpes constantes consiguen que el problema no se desborde, como ocurre en otros lugares del país.

“Yo la llamo minería criminal. Cuando viene la sofisticación de la maquinaria deja de ser artesanal para convertirse en una explotación criminal de los recursos del Estado y fortalecen el aparato militar de la guerrilla”, afirma el mayor Óscar David Moreno, comandante del Batallón de Selva Número 45. “Guainía cuenta con recursos hídricos inagotables, parques naturales, selva amazónica. Hay oro, coltán, uranio, tungsteno, diamantes”, afirma el mayor, que considera, al igual que el coronel Óscar Antonio Moreno, comandante de la Policía de Guainía, que la función de ellos es proteger un riquísimo patrimonio natural que pertenece a los colombianos y la humanidad.

Mineros tradicionales

En noviembre, al realizar este reportaje, fui al punto del río Atabapo donde desarrollaron parte de la operación Arpón. Había balsas de nuevo pero en un número menor, y estaban reconstruyendo una de las destruidas. Los encargados de cuidar la balsa, alegaban que no tenían camino distinto a seguir que buscar oro.

Muestra del oro extraído en el río Atabapo. La imagen fue tomada en un almacén de Inírida. Salud Hernández-Mora

Muestra del oro extraído en el río Atabapo. La imagen fue tomada en un almacén de Inírida. Salud Hernández-Mora

“Le meten una bomba a una draga, nos tratan como delincuentes y aquí no hay delincuentes. ¿Dónde está la paz?”, se queja un minero.

En la Cooperativa de Mineros Colmicoop, cuya sede se encuentra en la calle principal de Inírida, también están indignados. Aparte de la operación Arpón, rechazan la de finales de noviembre en el río Inírida que terminó con una treintena de mineros detenidos.

“Agremiamos a los mineros tradicionales que buscan la manera de legalizar su actividad. Ya hay 400 en la etapa de regularización. La ley habla de un año como límite para culminar los trámites pero nosotros llevamos desde el 2012 esperando. Esta es una minería de oro de subsistencia, no somos criminales sino trabajadores honrados”, alega Sergio Varón, presidente de Colmicoop. “Hemos hablado con el ministro, le contamos nuestra situación, conocen qué trámites hacemos, la ley protege en teoría a los que se están formalizando, pero no es cierto. Destruyen balsas y detienen a mineros tradicionales”.

Los mineros afirman que si las Farc se financian con sus vacunas, también con el cemento que llega a Inírida por río para construir la estación de Policía. Todo lo que se mueve por río supone ingresos para la guerrilla. Antes cobraban 50.000 pesos por tonelada y ahora doscientos mil, una cifra abusiva y ruinosa para transportistas y comerciantes.
“Necesitamos que hagan una sustracción diferencial de Guainía, que está en reserva forestal desde 1959, para otorgar títulos especiales a la minería tradicional”, argumenta Varón.

En cuanto a la corporación ambiental de la región (CDA), su función es marginal ya que no pueden realizar supervisión alguna en campo debido a la presencia de las Farc.

Con todo, la mayoría del dinero que corre por Inírida no procede de la minería de Guainía, sino de las explotaciones de oro venezolanas, a las que se accede por el Orinoco y que causan estragos ambientales irremediables. Dan empleo a miles de colombianos desde hace varios lustros. También inyectan plata al frente ‘Acacio Medina’ de las Farc, la autoridad en las minas, y a elementos corruptos de la Guardia Nacional, que cobran a cada colombiano por dejarlo pasar.

Intenté acercarme a las minas, pero en el primer retén fluvial de la Guardia, en el Orinoco, me mandaron de regreso a Colombia. Cerca de Inírida me crucé con un bongo de mineros rumbo a Venezuela. El oro seguirá fluyendo a ambos lados de la frontera.

(*) Nombre cambiado por seguridad del entrevistado.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO

La niña embera que sobrevive a todas las tormentas

La menor rescatada de la desnutrición sigue en el abandono. La ración del ICBF se agota en 2 días.

Nambua (Chocó). Han pasado 11 meses desde que la niña que no sabía sonreír regresó al caserío donde nació. Ya no viste el conjunto rosado ni los moños y cintas que le ponía su madre sustituta en Quibdó. Ahora luce una prominente barriga, lleva una falda sucia como único atuendo y va descalza. Pero parece feliz correteando con otros niños por las chozas levantadas sobre pilotes de madera que cobijan a las 14 familias que habitan Nambua, diminuta comunidad embera del municipio de Bojayá.

No hay adultos a la vista. Unos están en la cabecera municipal, a tres horas remontando el río Bojayá, haciendo papeles para cobrar subsidios, y los demás, en los cultivos de plátano en el monte. Tampoco se encuentra el profesor ese día. Debió partir hacia Quibdó.

Regreso a casa La niña con la tía camino Nambua en febrero del 2015. Niña en su choza de nambua abril 2013. Salud Hernández-Mora

Regreso a casa La niña con la tía camino Nambua en febrero del 2015. Niña en su choza de nambua abril 2013. Salud Hernández-Mora

Resulta difícil entenderse con los pequeños porque su español es precario o inexistente, utilizan el embera entre ellos. En la escuela, de continuidad intermitente y con la ausencia de material docente, aprenden en su idioma lo básico. Pocos alumnos continúan los estudios más allá de primaria.

La niña sube por un tronco al tambo donde vive con sus tíos y un primo. Es un tablón amplio, con techo de zinc y palma, sin paredes ni divisiones. Le pregunto dónde duerme y taconea con un pie en una esquina, cerca de los troncos sobre los que cocinan. Tragar humo es una de las causas de que los niños indígenas padezcan dificultades respiratorias, la enfermedad más común junto a la tuberculosis y las diarreas por los parásitos.

La vivienda queda cerca del tambo donde la vi por primera vez, en abril del 2013. Entonces estaba desnuda a pleno sol, sentada sobre sus excrementos, rodeada de insectos, raquítica, deshidratada. Los mayores permitieron que me la llevara para entregarla al ICBF. “De todas formas iba a morir”, sentenció uno de ellos. Una vez recuperada, Setilia Mecha y Cesario Hachito, sus tíos, la reclamaron y el comisario de Familia de Bojayá les otorgó la custodia en febrero pasado.

Sobre las 2 de la tarde aparece una pareja de adolescentes, responsables de guisar lo que parece será la única comida del día para todos los menores de edad: plátano cocido con sal, el menú más frecuente. “Apenas dos hijos queremos nosotros”, cuenta Poligenio Tunai Mecha, de 17 años, y mira a su compañera, Yunai, de 16, que pertenece a otra comunidad.

Explica en un español aceptable que en ocasiones cazan guagua y venado y pescan bagre. Cuando hay dinero, compran la carne en Pogue, corregimiento que queda a dos horas por el río. Paso la vista por su choza y, al igual que en el resto, no hallo alimento distinto al racimo de plátano y unas mazorcas de maíz. Casi no quedan gallinas de uno de tantos proyectos productivos fracasados. En lugar de criollas, les entregaron las que solo se alimentan de concentrado, imposible de conseguir en esas lejanías. Por eso, el corral que en febrero estaba nuevo y lleno de animales está acabado y vacío.

Pese a las carencias evidentes y a que el conflicto armado redujo su extenso territorio y les obliga a andar precavidos por el monte, a Poligenio le gusta vivir en su poblado a orillas del caño, en medio de un paisaje exuberante, distant

e del mundo ajetreado. El control lo ejerce el frente 57 de las Farc y hay rumores de que el Eln está ocupando posiciones. Pero a Nambua, donde solo hay pobreza, lo dejan tranquilo.

Niña en su choza de nambua abril 2013. Salud Hernández-Mora

Niña en su choza de nambua abril 2013. Salud Hernández-Mora

De vuelta en Bellavista (nombre del casco urbano del municipio de Bojayá), la tía de la niña acepta a regañadientes la entrevista. Pasa unos días con su esposo, Cesario, gobernador de Nambua, en el hogar que la Asociación Cabildo Mayor Indígena del resguardo del río Uva-Pogue mantiene en el pueblo. A Setilia no le agrada que sigamos la historia de la niña y visitemos el caserío sin avisar.

“Si la viera antes de que le diera medicina antiparasitarios”, exclama Setilia cuando pregunto por la barriga de la niña, y dibuja con las manos el volumen de una embarazada. Señala que aún no va a la escuela, pese a haber cumplido 4 años, porque no los mandan hasta los 6.

Su esposo recuerda que fueron tres familias fundadoras de su comunidad y ya son 99 personas, pero necesitarían multiplicar por cuatro sus habitantes para reunir más recursos. Lo que no contemplan es unirse a alguno de los poblados vecinos. “Preferimos seguir solos”, dice.

Le pregunto la razón para tener a la niña con ellos, si sufren tantas estrecheces. El menor de sus 9 hijos, de 9 años, padece cáncer y debe viajar a Bogotá para controles, y María Inés, la mayor, de 24 años, ya le ha dado 5 nietos a los que a duras penas sacan adelante. “A veces (la niña) ayuda lavar, a cocinar, cortar plátano, trae agua, hace mandados, me sirve para eso. De pronto termina el bachillerato, mis otras hijas dejaron en 4.° y 5.° y allá cogieron marido”, responde sincero.

La mamá de la niña la abandonó al poco de nacer. Del papá, José Hachito, denunciado por maltrato por dejarla sola en el tambo, esperando que se muriera, no se sabe mucho. Se fue de Nambua hace unos meses, con su nueva compañera y los hijos de ambos.

“Cuidarán a la niña mientras estén ustedes encima, no les importa a sus tíos ni a nadie de la comunidad porque no es de nadie, la quieren por el subsidio que reciben”, afirma un embera, buen conocedor de los suyos, que pide no mencionar su nombre.

Desnutrición

Además de dinero, la niña recibe una ración mensual de alimentos que no siempre llega por la desidia y la corrupción, y si lo hace, no se la come ella.

“A los presidentes de los Cabildos se les dice que la comida tiene que ser para los niños, pero no se la dan, se la comen los adultos. En estos cuatro años han llegado 40 casos de desnutrición al centro de salud y esos son solo los casos de los que nos damos cuenta”, indica un funcionario de la alcaldía de Bojayá. Otros mueren desnutridos en sus poblados y nadie se entera. “Los hombres siempre llevan a su esposa a los cultivos porque la ponen a cargar, y dejan a los niños solos”.

La ración que el ICBF envía para un mes, y que está pensada para una criatura desnutrida, se acaba en un par de días. Son seis bolsas de leche, dos de bienestarina, lentejas, fríjol, pasta, cuatro libras de arroz y aceite. En Nambua y otras comunidades de la zona, es costumbre mantener prendido el fogón hasta que se agota lo que tienen a la mano. Y hay productos, como las lentejas, que no les gustan por el sabor y porque es demorado cocinarlas, lo que supone para las mujeres carga extra de leña. Por eso, las venden o las botan.

“Muchos niños nacen gordos, tuvimos uno de 4 kilos, y al mes ya presentan signos de desnutrición y dificultades respiratorias porque los dejan junto a la leña”, cuenta el funcionario. “Trajeron al pueblo a un niño de un año que parecía que nunca lo habían alimentado. Cuando le pusieron una jeringa, la quería agarrar para tomar. Murió como a la hora”.

A las costumbres difíciles de modificar cabe agregar las largas distancias y el alto coste del transporte por río. “Toca reunir varios niños enfermos para pagar entre todos la gasolina. Por eso, el que se enfermó primero llega agonizante”, relata un indígena. “Cuando uno se descuida, el suero se lo está tomando la propia mamá”, recalca una trabajadora del centro médico de Bojayá.

Para el ICBF resulta complejo ejercer su función supervisora. Para ir a Nambua, además de pensar en la seguridad, porque es zona roja, tendrían que desplazar, mínimo tres días, un equipo con trabajadora social, nutricionista y psicóloga. Supone un gasto en viáticos y transporte superior a los 2 millones.

“Se puede hacer, pero no de manera continua por las distancias de las comunidades, que son muchas, los costos, la falta de personal y el orden público. Y si Bienestar no lo hace, los municipios, menos; les falta sensibilidad social para abordar los casos”, señala un funcionario del ICBF en Quibdó.

En el hospital San Francisco de la capital chocoana, que lleva meses sin pagar a médicos y empleados y ofrece un aspecto lamentable, han muertos 12 niños en lo que va de año. “El 27 de junio murió una niña de 4 años con una desnutrición bárbara. Un líder indígena dijo que fue un vaso de leche del hospital la causa. Fueron de los cientos de vasos que nunca le dieron”, denuncia un miembro del personal médico. “Más de la mitad de los niños hospitalizados son indígenas ingresados por desnutrición, insuficiencias respiratorias y tuberculosis. No llegan enfermos sino muriéndose. Es una cuestión cultural porque vemos mamás obesas con niños desnutridos. Con ellos hay que idear un sistema de atención diferente que suponga, entre otras cuestiones, ir a las comunidades a buscar los niños”.

En Pediatría está ingresada una bebé de 6 meses con la piel pegada a los huesos. Solo pesa 3 kilos. Su madre, sin embargo, muestra un aspecto saludable y despreocupado. A cada pregunta sobre su pequeña contesta con una risa, no logro arrancarle una sola palabra.

“No creo que la desnutrición sea por una cuestión cultural porque no existirían niños indígenas. Son varios factores: ausencia del gobierno municipal, departamental y muchas veces del nacional, aunque transfiere los recursos y con frecuencia no llegan y no le hacen el seguimiento”, asegura Plácido Bailarín, líder indígena en Bojayá. “También el conflicto armado, que no permite sembrar ni cazar ni cortar madera con libertad, y ausencia de brigadas de salud”.
La niña crecerá en ese entorno hostil para los pequeños y quizá porque Setilia teme que haya otra visita de este diario, seguirá tratándola con cierto cariño.

Salud Hernández-Mora
Especial para EL TIEMPO

‘Si no nos pagan, tendremos que matar al tigre’

Campesinos de Bocas de Solís y Colorado viven una difícil situación tras ataques de jaguares

“Diga en Bogotá: si no nos pagan, matamos el tigre. Está aquí cerquita, se escuchan sus ronquidos”. Antonio Eleucito Bautista conserva la calavera de la marrana que la fiera despedazó cerca de su casa, de tablones de madera y piso de tierra, a orillas de un humedal. Una semana antes, el jaguar devoró un ternero a un vecino, el primero de la temporada invernal que se avecina.

Temen sufrir de nuevo lo que para ellos fue una catástrofe el año pasado y los primeros meses del 2015. Los felinos acabaron con terneros, cerdos y caballos de campesinos de Bocas de Solís y Colorado, pequeños corregimientos de Tiquisio (sur de Bolívar).

Ganaderos y trabajadores del sur de Bolívar que se quejan de la falta de ayuda.

Ganaderos y trabajadores del sur de Bolívar que se quejan de la falta de ayuda. Salud Hernández-Mora

Preferirían no matarlos, dejarlos tranquilos en su extenso territorio. A los campesinos de estos hermosos parajes de humedales y ciénagas, en las estribaciones de la serranía de San Lucas, también les parecen unos animales majestuosos. Pero si nadie les compensa por el ganado que se comen, si no les facilitan herramientas para ahuyentarlos, los cazarán en secreto, quedarán enterrados en un lugar remoto, y nadie sabrá que acabaron con ellos.
No son los ganaderos y labriegos de ambas poblaciones los culpables de que la minería de oro arrase sin control la serranía de San Lucas con sus retroexcavadoras, invadiendo cada día mayores porciones de uno de los tres principales santuarios de los jaguares en Colombia.

“Ya es tiempo de él, de que aparezca”, aventura Miguel Rocha, de Colorado. “En el verano los playones son grandes y los tigres tienen mucho dónde comer: ponches, zorros, galápagos, caimanes. Pero pronto comienza la inundación y no encuentra esa comida y él queda en la loma, donde nosotros tenemos el ganado”.

No son muchos los jaguares que merodean por el área que abarcan ambas poblaciones. Casi todos los lugareños de Colorado que han sufrido el acoso de los tigres se refieren a un macho de gran tamaño, a decir por las huellas que ellos avistan y siguen para conocer sus pasos. Porque de cerca solo lo han visto unos pocos y de manera fugaz: apenas divisan entre matorrales sus motas negras sobre la piel amarilla, emprenden la huida a la misma velocidad que la fiera.

Los campesinos de Bocas de Solís, a una media hora en bote de distancia de Colorado por un laberinto de humedales, hablan de otro ejemplar, de una hembra y sus crías. Tampoco podrían ser más animales porque los machos son solitarios y territoriales, cada uno suele moverse en un radio de unos 50 kilómetros, el espacio que requieren para encontrar su alimento.

“Yo creo que el que nos ronda vino desplazado de las minas de Norosí”, sugiere un ganadero local. Se refiere a otro pueblo colindante con Tiquisio, inmerso en la serranía de San Lucas, donde también abundan las explotaciones ilegales de oro. “Ese animalito ha hecho bastante daño. Hace unos meses, cuando nos encontramos acorralados, nos reunimos y ya estábamos listos para hacer la cacería”.

No se lanzaron en su busca porque los convenció Nancy Pérez de no hacerlo. Funcionaria de la alcaldía de Tiquisio y nativa de una tierra que adora, la mujer se propuso defender la vida de los jaguares y convencer a los damnificados de Colorado y Bocas de Solís de no matar a los animales, algo que además está prohibido por ley desde el año 1973. Sugirió buscar alternativas.

Los afectados aceptaron y se comprometieron a intentar esquivar los jaguares sin segarles la vida siempre y cuando las instituciones ofrecieran respuestas, lo que aún no ha ocurrido. Confían en que antes de que sus ganados padezcan nuevos ataques, les brinden una solución satisfactoria.

Pérdidas

Durante los meses transcurridos desde que decretaron la “tregua”, son varios los que tuvieron encuentros con el tigre. En más de una ocasión, el final pudo ser fatal para la fiera.

“Cuando nos tenía azotados este año, yo iba con una vaca parida, a unas dos horas de Colorado, y lo vi a lo lejos. Llevaba la pistola, le hice unos tiros por donde iba corriendo y por fortuna se fue”, recuerda Miguel Rocha, que se armó para protegerse de los jaguares. El susto que sintió le aconsejó no permitir a sus hijos andar por los caminos y las montañas solos. “Un amigo venía en la canoa y alcanzó a ver el tigre en la ciénaga. Le salió y le tiró la palanca para defenderse y por suerte el tigre se fue. Preocupado por el peligro que corríamos todos, yo iba a hacer unas trampas para agarrarlo vivo con un marrano de presa, pero ¿a quién se lo íbamos a entregar si nadie se atreve a amansarlo?”.

Semanas antes de aquel incidente, le llevaron un tigrillo a su finca y lo mantuvo un par de meses en su casa, hasta que lo liberaron en una zona por donde suele pasar el macho.

“A unos cien metros de donde yo estaba sentado apareció el tigre”, rememora Edilberto Benavides. “Le intenté disparar, pero no salió el tiro. Donde no se atranque, lo mato. Sentí miedo y eso que estaba con la escopeta en la mano”.

“De diciembre para acá, al señor José Manuel Díaz se le llevó dos terneros la misma noche. Le alcanzamos a quitar una presa y se fue por otro animal. A Ariel le comió dos; a José Machado, nueve; a Giovanni José Moreno, tres terneros. A Augusto Payares, cinco; a su hermano Carmelo, seis; a Joaquín Vergara, dos; a Edilberto Benavides, dos reses y un caballo; a Abel Machado, tres terneros y un potro”, repasa Miguel Rocha el listado de las pérdidas de algunos de sus vecinos de Colorado, a las que suma dos terneros suyos.

Hombres, mujeres y niños viven atemorizados con la amenaza de los jaguares en los corregimientos de Tiquisio. Salud Hernández-Mora

Hombres, mujeres y niños viven atemorizados con la amenaza de los jaguares en los corregimientos de Tiquisio. Salud Hernández-Mora

En Bocas de Solís, la lista es igual de larga. Todos quieren contar su caso. “Se me comió dos marranos, un ternero y cinco perros”, afirma Berta Elena Batista. “A mí un ternero. El tigre anda por los cerros, recorre mucho”, añade Silfredo Menco. “Si encuentra un niñito mal parqueado, se lo lleva. Hay que darles candela porque es una fiera, acaban con lo de uno y nadie nos para bolas. Dijeron que lo pagarían y nada”.

A los jaguares no solo les temen por los estragos que causa en sus ganados y el riesgo para los niños, pese a que es una extrañeza que ataque humanos. Les impresiona la fuerza que exhibe. “Ocho tipos no pudieron sacar en varias horas una vaca que quedó en un hueco y la dejaron para regresar por la mañana. Pero él fue por la noche, la sacó y se la llevó. Otra vez estaba un caballo en el agua, el tigre lo cazó y lo montó sobre el firme”, rememora José Machado.

“Puede coger una res, la arrastra y si encuentra un obstáculo que no puede salvar, se va y la deja. Regresa al día siguiente y de una salva el mismo obstáculo. No sé qué hará esa noche para volver con tanta fuerza”.

“Para nosotros, lo que se come, es una afectación total, el ternero nos da leche uno o dos años, es la alcancía, y tenemos créditos en el Banco Agrario”, afirma Carmelo Payares. “No somos grandes hacendados sino pequeños ganaderos. Si el país quiere tener los tigres, que nos paguen el daño”.

Esta es la finca ganadera Bocas de Solís, donde los animales están expuestos al peligro del tigre. Salud Hernandez-Mora

Esta es la finca ganadera Bocas de Solís, donde los animales están expuestos al peligro del tigre. Salud Hernandez-Mora

El jaguar se encuentra en la lista roja de especies amenazadas y uno de sus santuarios, la serranía San Lucas, de 14.424 kilómetros cuadrados, pierde a ojos vista masa forestal. Sus bosques selváticos, los humedales y ciénagas son un ecosistema perfecto para un felino que se mueve con idéntica agilidad en tierra firme y en el agua. Al menguar la vegetación y los animales silvestres de los que se alimentan, se ven empujados a acercarse a los poblados.

“La extinción del jaguar puede afectarnos a todos, incluso los que vivimos en la ciudad”, afirma Esteban Payán, director de la Fundación Panthera. “Es el felino más grande de este continente; por ser un carnívoro de su tamaño, requiere extensos territorios de bosque, con muchas presas, para sobrevivir”.

En los 60 y 70, era su apreciada piel su principal desgracia, la razón para que el hombre casi los aniquilara. En la actualidad, la presión de ganaderos y agricultores, además de la minería, representa el mayor peligro para la permanencia de la especie.

“Lo más preocupante es la pérdida de hábitat tanto de jaguares como de sus presas”, agrega Payán. Piensa que aún no somos conscientes de las graves consecuencias que para los propios campesinos tendría la desaparición de esos animales míticos. Entre otras, aumentarían los “roedores medianos que comen plantas y podrían incluso cambiar la estructura del bosque”.

La Fundación Panthera estima que se requieren 500 jaguares en una densidad promedio de tres animales en 100 kilómetros cuadrados, para que pervivan con las futuras generaciones humanas. De ahí que hayan constituido corredores de movilidad, de acuerdo con comunidades locales, para que esas fieras transiten por el territorio que necesitan. Pero faltan acciones de las autoridades medioambientales en lugares como la serranía San Lucas. “Cada vez que matan un jaguar se muere algo adentro”, sentencia Payán.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO

‘Quisiera que mi hijo estuviera en la cárcel’: mamá de ‘Otoniel’

Ana Celsa David es la mamá del narco más buscado del país y dice que no ve a su hijo hace 4 años.

No es fácil dar con ella. En la diminuta vereda de calles polvorientas donde reside, del municipio de Chigorodó, desvían la mirada y no pronuncian palabra en cuanto pregunto por su casa. O aseguran que hace meses dejó la población. Cuando por fin la localizo y acepta la entrevista, una vecina se asoma para comprar huevos. Le vende una docena por 4.800 pesos.

Asegura que vivir en el campo y comerciar sus gallinas, marranos, arroz, ganado es lo que ha hecho casi toda su vida con su esposo, Juan de Dios Úsuga, con quien lleva 57 años casada.

Ana Celsa David, la mamá de ‘Otoniel’ Úsuga, el séptimo de sus nueve hijos, jefe supremo de ‘los Urabeños’, por el que ofrecen cinco millones de dólares, es una mujer reservada, amable, de pocas palabras.

¿Cómo era ‘Otoniel’ de niño?

Tímido, casi no iba a estudiar porque le daba pena entrar. Perdió como tres años por esa timidez, porque bobo no es.

Y era muy callado y todavía lo es.

¿En qué momento se torció?

Cuando se volvió un hombre de 18 años. En esa tierra había tantos grupos y el pelao quería buscar algo por ahí, le parecía que le iba mejor que en la casa. Si no hubiéramos vivido en una zona tan violenta (Nueva Antioquia) habría sido otro. Pero en una tierra de esas, eso era así.

Empezó en el Epl…

Sí. Cuando tenía 18 se pegó las primeras borracheras y se iba con esa gente a tomar a las cantinas. Ahí les echan el cuento y el cuento y el cuento, hasta que ellos les calan.

¿Era de ideas revolucionarias o se unió a ellos porque era lo que había?

No era revolucionario, era lo que había y se fue con ellos.

¿Y usted a sufrir?

Sí, a sufrir y a llorar. Y se fueron dos, no se fue uno solo, también el otro que se murió (Juan de Dios, alias Giovanni, en un operativo policial).

¿Qué les decía usted cuando todavía eran jóvenes?

Yo lo que hacía era llorar y llorar y decirles las cosas, pero los muchachos no hacen caso. Están con sus amigos, son los que cuentan, a los que escuchan; a mí, no.

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Juan de Dios Úsuga, el padre de ‘Otoniel’, lleva casado 57 años con Ana Celsa.

Cuando se pasaron a los paramilitares, ¿qué les dijo? ¿Peor aún?

No les dije nada porque uno no se daba cuenta. Uno en la casa y ellos por allá, uno no sabe ni dónde. Después, cuando se entregaron (las Auc), surgieron otros problemas, unos para la cárcel, otros los mataban. Y a uno cuando lo llevan apurado tiene que coger el monte para favorecerse. Y uno ¿qué va a hacer como mamá?, siempre es su hijo. Orar por él todos los días

¿Usted es católica, cristiana, evangélica…?

Yo soy evangélica pentecostal.

Con lo cual que reza más…

Más, ahí es donde oramos de verdad, día y noche y nos alejamos de todo lo malo.

¿Y por qué el de arriba no la escucha?

Sí me escucha, si no ya se hubiera muerto.

¿Qué pensó cuando el Presidente bautizó a ‘los Urabeños’ como ‘clan Úsuga’?

Eso es duro. Ya todo el que sea Úsuga es malo. Y eso no es así, porque Úsugas hay a montones. Y ahora que eso lo hacen ‘los Úsuga’, que es de ‘los Úsuga’. ¿Y la guerrilla, y otros y otros? Y es que le tienen unas críticas, que viola niñas, que viola niños, tantísimas cosas.

La gente asegura que le gustan las niñas de 14, de 13…

Montajes. Eso no es así, es muy feo todas esas cosas que dicen, pero no es así, antes hace favores a la gente, les hace casas, carreteras, ayuda a los enfermos. ¿Usted cree que si lo odiaran estaría por ahí? Lo habrían entregado o se habría muerto.

¿Debe ser duro que el hombre más buscado de Colombia sea su hijo?

Es un sufrimiento muy grande. Uno cría a los hijos ¿y cuándo va a querer que un hijo se vaya buscando la maldad?

Uno no quiere siquiera que se vaya a tomar una cerveza, quiere que estén con uno en la casa trabajando. Y esos muchachos trabajaron, trabajaron, porque el papá los enseñó a trabajar. No era que fueran bandoleritos que estaban por ahí buscando cositas para coger. Nosotros fuimos gente trabajadora toda la vida.

Pregunten donde haigamos (sic) vivido. Y esos muchachos fueron así también, pero entonces como habían (sic) esos grupos. Si no hubiera habido (sic) esos grupos, no estarían ahí metidos.

Yo quisiera que se hubieran ido mejor con el Ejército a pagar servicio y a vivir por allá bien bueno, pero como cogieron para el monte, ya después para volver no los aceptan.

¿Qué se le vino a la mente cuando supo que emprendieron una cacería con más de mil hombres?

Si Dios no quiere, no le encuentran en ninguna parte. Es el único que todo lo puede. Si Dios dice que le llegó la hora, pues ahí mismo. Ni un minuto antes se muere uno.

Yo tuve nueve hijos y me falta uno. En el cementerio está mi niño y ese día él no estaba en la maldad, estaba celebrando fiestas con toda su familia, con todos nosotros, y con gente que trabajaba con él en fincas.

Ahí no había sino mujeres y niños, fue un milagro que no pasara nada más con todo ese aparatero por encima, disparando a todo.

Lo de él lo tengo fresquito todos los santos días, pero el único que le da fuerzas a uno es Dios. Porque si no, uno se moría.

Pero mi hijo está fregado, eso lo sabe usted, no tiene escapatoria. Y él lo sabe, pero Dios es el único que lo guarda, yo lo digo todos los santos días. Y es que Dios no vino por los buenos sino a por los malos. Él vino a hablarle a los pecadores; a los justos, no.

Pues hay quienes dicen que mejor lo maten a que lo agarren…

Es mejor estar vivo que muerto. Yo quisiera que mi hijo estuviera en la cárcel, estaría más seguro y se podría arrepentir e irse al cielo. Y no así, en carrera, eso es duro. Es que uno cuando se arrepiente ya vive pegado de Dios.

¿Usted le pide a Dios que perdone a ‘Otoniel’?

Todos los santos días. Y no solo a él, sino a toda la gente. Hay que pedir es por todos, que todos somos iguales. Si no nos arrepentimos, vamos a la misma parte. Si nos arrepentimos, podemos ser el malo más malo que sea y Dios lo perdona, pero si no busca a Dios…

¿No cree usted que hay unos que son mucho más malos que otros?

Sí hay, pero si no te arrepientes, vas a la misma parte. Así lo dice la Biblia.

Cuando ve una foto con la recompensa de 5 millones de dólares por su cabeza, ¿qué piensa?

Que ofrezcan todo lo que quieran porque Dios es el único que todo lo puede.

Hace doce años nadie hablaba en esta vereda porque mandaba el ‘Alemán’; ahora tampoco hablan porque manda ‘Otoniel’.

¿Algún día veremos un fin?

Eso no se sabe. ¿Cuándo van a acabar la guerra? Nunca en la vida, cuando Dios quiera se acaba todo (y recalca las palabras). Porque vea, pueden acabar con el hijo mío y resultan diez y veinte más. Eso no se acaba. Y la droga se la están logrando todos, nadie la acaba, todos se la andan cogiendo, no queda por ahí escondida. Y la plata esa, que es mala, no la andan quemando, esa la guardan.

¿Cada cuánto ve a ‘Otoniel’?

Hace tres o cuatro años que no voy. Desde que murió el niño mío, porque uno queda ya con miedo. Porque uno va a visitar allá y todo el mundo se da cuenta y dicen, va para allá, y van donde el hijo. Por eso no lo visito.

¿Hablarán por teléfono alguna vez?

Tampoco.

Le manda cartas…

Tampoco me manda cartas

¿Lo que sabe es por lo que le cuentan?

La gente que dice: está bien.

Y sigue rezando…

Sigo rezando porque ¿qué más? Sigo pidiéndole a Dios, porque es el que nos guarda y nos cuida.
Pero uno ¿qué hace, pues, para cambiar las cosas? Solamente puede hacerlo Dios.

También los hombres…

Pero cuantas veces quisiera que los hijos de uno fueran de verdad. Yo quisiera que mis hijos todos fueran evangélicos, que pasaran en la iglesia conmigo, pero si uno no es el que gobierna a nadie, es como el Presidente. La gente no le obedece todo lo que dice, los meros que tiene allá. Y es que él (‘Otoniel’) no es solo el malo, hay muchísima gente peor que él.

La mamá del duro ‘Otoniel’ vende huevos a 400 pesos…

No vivo como reina ni quiero vivir como reina, solo quiero vivir allá, en el cielo, no necesito orgullo ni necesito nada. Pero yo sí quiero que en Colombia haiga (sic) paz. Vivimos orando por la paz.

¿Están en pleitos porque les incautaron sus propiedades?

Nos lo tienen todo congelado, pero el viejo tiene 79 años y trabaja desde los 20. Entonces, ¿cómo no va tener fincas?

Me bloquearon una casita en Carepa que hice con marranitos, no nos pueden pagar el arriendo a nosotros sino a ellos.

Unas fincas las compró desde el 64 y la que compró en el 2008 él va a demostrar que es de él. Son cosas que uno consiguió trabajando.

Uno tiene muchos testigos de que no ha hecho sino trabajar en esta vida para comprar sus cositas para que vengan ellos a decir que nos lo dio el hijo. Eso no es así.

¿Cuándo Urabá será tranquilo?

Pero si en toda parte hay eso; eso no es nada más en Urabá.

Salud Hernández-Mora
Especial para EL TIEMPO

La difícil cacería a ‘Inglaterra’ en el Urabá antioqueño

La persecución de este ‘ex-Auc’, ha sido tan ardua como el rescate de los restos del helicóptero.

“Él es consciente de que un día puede caer en manos de la Policía, pero dice que ni se va de esta región porque la gente lo protege y la conoce como la palma de su mano, ni se dejará coger como si nada. Dará la pelea”, asegura un conocido de Luis Orlando Padierna Peña, alias Inglaterra.

Los 16 policías que murieron cuando se precipitó a tierra el Black Hawk en el que se desplazaban para ir en busca de este hombre, el pasado 4 de agosto, lo convirtieron en el segundo capo más buscado del país en estos momentos, solo por detrás de su jefe, Darío Antonio Úsuga, alias Otoniel.

Piezas del helicóptero de la Policía Nacional, caído en el Urabá antioqueño, son recogidas para la investigación. / Foto: Salud Hernández-Mora

Piezas del helicóptero de la Policía Nacional, caído en el Urabá antioqueño, son recogidas para la investigación. / Foto: Salud Hernández-Mora

Narcotraficante de vieja data y exparamilitar, ‘Inglaterra’, de 36 años, se esconde en algún lugar de la serranía de Abibe, a la que se puede acceder por Carepa, en el Urabá antiqueño.

Lleva solo año y medio a la cabeza del poderoso Bloque ‘Carlos Vázquez’ de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, como ellos prefieren denominarse, aunque siempre se le ha conocido por el gentilicio de la región donde nació y sigue siendo el corazón de la ‘bacrim’ más poderosa del país: ‘los Urabeños’.

El presidente Santos los rebautizó ‘clan Úsuga’, con el apellido de su actual cabecilla, si bien en la zona nadie los llama así y tampoco es la banda de dicha familia. (Lea también: Estos son los 17 integrantes del ‘clan Úsuga’ con procesos en EE. UU.)

‘Inglaterra’ es natural de Piedras Blancas, un corregimiento pobre, pequeño y destartalado, olvidado por los gobernantes locales, pese a encontrarse a solo 11 kilómetros de Carepa, su cabecera municipal. Ingresó joven a las Auc y, después de la desmovilización en el 2006, prefirió incorporarse a ‘los Urabeños’ de la mano de ‘don Mario’, hoy preso.

Padre de cuatro hijos de uniones diferentes, está casado con una mujer que reside en Carepa y regenta una carnicería. La abordé dos veces, pero no quiso hablar aduciendo, muy molesta, que ella no era la persona que buscaba.

Hombre disciplinado y rígido, del ala más militar del mencionado grupo criminal, dispone de unos 120 hombres en armas y le gusta rodearse de una escolta de unos veinte efectivos.

No será fácil atraparlo, no solo porque ha recorrido la zona donde se mueve desde niño, sino porque los pobladores lo apoyan, como constaté en la semana que recorrí la región.

“Si viene a mi casa, yo lo escondo. Ese señor cuida de nosotros”, asegura una mujer de Piedras Blancas. “Él y su familia son de la región, son de campo, todo el mundo los conoce”, agrega otro labriego que tiene finca en el área donde ocurrió la catástrofe aérea.

“¿Para qué vienen a molestarlo si él no molesta a nadie? Es buena persona, no estaba extorsionando, esto era un paraíso. Si estuviera jodiendo, la gente misma lo había entregado al Ejército. Pero cuida la región. Anteriormente había mucha guerrilla, el 5.º frente, y con él se acabó. Lo que el campesino consiga ahora es para él, no para esos sinvergüenzas que estaban jodiendo”, agrega un nativo.

“Aquí ellos ponen orden. Piedras Blancas es el pueblo más sano de Colombia. Si alguien la embarra, le dan hasta tres, cuatro oportunidades. Luego le dicen que se pierda y, si es grave, lo pelan”, opina otro más.

Lo que a nadie le interesa es “esta calentura después de lo del helicóptero”, según manifiesta un comerciante de Piedras Blancas. “Nos estigmatiza a los que vivimos acá, nos crea problemas”. (Lea también: Con nueva tragedia aérea van 35 uniformados muertos en aeronaves)

El helicóptero

Del centro urbano de Piedras Blancas al lugar donde cayó el Black Hawk el 4 de agosto hay seis horas a pie. Las trochas, muchas invisibles para el ojo urbanista, atraviesan selvas y potreros entre montes boscosos de cimas onduladas. Son parajes solitarios, se divisan pocos ranchos, todos de madera y de condiciones precarias, que quedaron deshabitados en su mayoría tras el siniestro aéreo. Los campesinos los abandonaron a las carreras por temor a enfrentamientos armados entre los hombres de ‘Inglaterra’ y la Policía Nacional.

El que habitaba la niña Dianey Andrea, de 3 años, que resultó herida leve por esquirlas de bala, y que se encuentra ahora vacía, es especialmente mísera. Cuando pasé con los dos campesinos que me acompañaban, solo había gallinas revoloteando y ropa revuelta en la única pieza donde había una cama.

Hallamos vainillas de los disparos que efectuaron los Jungla, desplegados por el área para preparar el asalto a ‘Inglaterra’. Según el relato que me hizo unos días más tarde en Carepa el papá de la niña, Oraime Úsuga, de 31 años, se encontraba en la finca que administra con sus dos hijos, una sobrina, su esposa y la suegra. El lunes 3 de agosto en la noche se presentaron tres “civiles que no conocía” –aunque en esos montes solitarios solo caminan campesinos de la zona y ‘urabeños’–, y le pidieron posada. Con la irrupción de los agentes a la mañana siguiente, se produjo un intercambio de disparos. La policía detuvo al trío y lo sacaron con la familia en helicóptero. La niña pasó nueve días hospitalizada y ya se encuentra recuperada.

Después de dejar el rancho de Oraime, aún hay que caminar más de media hora y cruzar una quebrada de grandes piedras blancas hasta dar con los restos del Black Hawk. Al llegar, un equipo especializado de la Policía, custodiado por unidades del Emcar, recogía las últimas piezas para transportarlas por aire desde un helipuerto improvisado.

En recuerdo de los policías fallecidos, junto al amasijo de fragmentos carbonizados, hay clavada una sencilla cruz de palo, coronada por un casco y la tapa de una caja de munición donde están escritos los nombres de los dieciséis. Pese a que habían transcurrido ocho días de la tragedia cuando arribé, algunos lluviosos, aún olía a cadáver. “La escena ha cambiado, fue necesario cortar árboles para recuperar los cuerpos y después las partes del helicóptero”, explica un suboficial. A simple vista, el aparato cayó al pie de la ladera, tapizada de árboles altos y espigados.

El dueño del único rancho cercano, un campesino joven de familia conocida en Piedras Blancas, sigue en su hogar, con su esposa y dos familiares, al cuidado de las pocas cabezas de ganado que posee. Ni ellos ni su rancho sufrieron daños.

Dice que no vieron el momento en que el aparato se precipitó a tierra porque en cuanto escucharon disparos, cada cual buscó refugio donde pudo. “Solo pensábamos en protegernos de las balas”, afirma. “Tumbaron el helicóptero porque dio papaya volando demasiado bajo”, sentencia un lugareño que vio pasar el Black Hawk desde un filo, minutos antes de que cayera. Las causas del hecho aún son desconocidas.

El líder indígena Avelino Carupia, en cuyo resguardo Polines ocurrió el incidente, me había dicho en Carepa que en su comunidad, algo alejada del sitio del siniestro, “se escuchó un rafagazo y luego explotó el avión. Pero certificar que fue derribado, imposible, no somos expertos de ninguna clase”.

‘Otoniel’

Si cazar a ‘Inglaterra’ se antoja una misión compleja, no lo es menos capturar a ‘Otoniel’. También los lugareños en su área de influencia –Necoclí, Nueva Antioquia, Currulao etc.– le brindan apoyo, pero dada la asfixiante presión de Argamenón, lanzada el 20 de febrero, se ha trasladado al Urabá chocoano para que lo proteja alias Manteco, del 5.° frente de las Farc. Le estaría pagando por su apoyo en una de esas extrañas alianzas que sellan los distintos grupos que tienen en el narcotráfico su principal fuente de ingresos. (Lea también: En persecución de ‘Otoniel’, Policía ha invertido $ 2.300 millones)

Los 1.200 efectivos de la Policía Nacional desplazados a Urabá para desarrollar la Argamenón saben que esa batalla la librarán solos. Además de la nula colaboración ciudadana, no pueden apoyarse en las autoridades locales. Una parte están compradas e infiltradas por ‘los Urabeños’ y otra prefiere no actuar por temor a sufrir represalias.

En Nueva Antioquia, población de calles polvorientas, donde vino al mundo ‘Otoniel’ y a donde se accede por una carretera destapada que parte de Currulao, es casi imposible arrancar una palabra sobre él a los pobladores. En cuanto pronuncio su nombre, cierran la boca y desvían la mirada. Solo una persona se atreve a decir de pasada: “Sería mejor que no lo maten porque viviremos una guerra entre los que quieran ocupar su lugar”.

‘Otoniel’ y sus lugartenientes han montado una tupida red de informantes que detallan cada movimiento de Argamenón.Decenas de taxis y mototaxis cubren los cascos urbanos y en la zona rural establecieron los llamados ‘puntos’, con vigilantes.

“Es una labor de persistencia”, indica el general Luis Eduardo Martínez, director del Cuerpo de Carabineros, el que más hombres ha puesto en el terreno y que trabaja de la mano de la Dijín. “Poco a poco hemos ido dándoles golpes y ya los cabecillas no viven tranquilos, están enmontados”. (Vea aquí: La casa en donde se escondía el capo más buscado del país)

Una de las primeras acciones fue copar ‘puntos’ más estratégicos sobre los cerros, donde ‘los Urabeños’ mantienen un contingente de vigías con ametralladoras para controlar los pasos de abastecimiento. Uno de los principales era Cruz de Hueso, que vigilaba un corredor de movilidad hacia Nueva Antioquia y desde el que impactaron ocho helicópteros. Ahora hay carabineros de manera permanente.

Desde febrero, Argamenón ha capturado a 438 personas, ha incautado 14 toneladas de cocaína y 630 millones de pesos en efectivo, además de muchas otras acciones que los están minando. Por eso, los pobladores de los territorios de ‘los Urabeños’ no los quieren. Como me dijo un campesino: “Solo la policía que viene de fuera nos perjudica. Deberían irse. Los demás no molestan”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO
Piedras Blancas (Carepa).