‘Si no nos pagan, tendremos que matar al tigre’

Campesinos de Bocas de Solís y Colorado viven una difícil situación tras ataques de jaguares

“Diga en Bogotá: si no nos pagan, matamos el tigre. Está aquí cerquita, se escuchan sus ronquidos”. Antonio Eleucito Bautista conserva la calavera de la marrana que la fiera despedazó cerca de su casa, de tablones de madera y piso de tierra, a orillas de un humedal. Una semana antes, el jaguar devoró un ternero a un vecino, el primero de la temporada invernal que se avecina.

Temen sufrir de nuevo lo que para ellos fue una catástrofe el año pasado y los primeros meses del 2015. Los felinos acabaron con terneros, cerdos y caballos de campesinos de Bocas de Solís y Colorado, pequeños corregimientos de Tiquisio (sur de Bolívar).

Ganaderos y trabajadores del sur de Bolívar que se quejan de la falta de ayuda.

Ganaderos y trabajadores del sur de Bolívar que se quejan de la falta de ayuda. Salud Hernández-Mora

Preferirían no matarlos, dejarlos tranquilos en su extenso territorio. A los campesinos de estos hermosos parajes de humedales y ciénagas, en las estribaciones de la serranía de San Lucas, también les parecen unos animales majestuosos. Pero si nadie les compensa por el ganado que se comen, si no les facilitan herramientas para ahuyentarlos, los cazarán en secreto, quedarán enterrados en un lugar remoto, y nadie sabrá que acabaron con ellos.
No son los ganaderos y labriegos de ambas poblaciones los culpables de que la minería de oro arrase sin control la serranía de San Lucas con sus retroexcavadoras, invadiendo cada día mayores porciones de uno de los tres principales santuarios de los jaguares en Colombia.

“Ya es tiempo de él, de que aparezca”, aventura Miguel Rocha, de Colorado. “En el verano los playones son grandes y los tigres tienen mucho dónde comer: ponches, zorros, galápagos, caimanes. Pero pronto comienza la inundación y no encuentra esa comida y él queda en la loma, donde nosotros tenemos el ganado”.

No son muchos los jaguares que merodean por el área que abarcan ambas poblaciones. Casi todos los lugareños de Colorado que han sufrido el acoso de los tigres se refieren a un macho de gran tamaño, a decir por las huellas que ellos avistan y siguen para conocer sus pasos. Porque de cerca solo lo han visto unos pocos y de manera fugaz: apenas divisan entre matorrales sus motas negras sobre la piel amarilla, emprenden la huida a la misma velocidad que la fiera.

Los campesinos de Bocas de Solís, a una media hora en bote de distancia de Colorado por un laberinto de humedales, hablan de otro ejemplar, de una hembra y sus crías. Tampoco podrían ser más animales porque los machos son solitarios y territoriales, cada uno suele moverse en un radio de unos 50 kilómetros, el espacio que requieren para encontrar su alimento.

“Yo creo que el que nos ronda vino desplazado de las minas de Norosí”, sugiere un ganadero local. Se refiere a otro pueblo colindante con Tiquisio, inmerso en la serranía de San Lucas, donde también abundan las explotaciones ilegales de oro. “Ese animalito ha hecho bastante daño. Hace unos meses, cuando nos encontramos acorralados, nos reunimos y ya estábamos listos para hacer la cacería”.

No se lanzaron en su busca porque los convenció Nancy Pérez de no hacerlo. Funcionaria de la alcaldía de Tiquisio y nativa de una tierra que adora, la mujer se propuso defender la vida de los jaguares y convencer a los damnificados de Colorado y Bocas de Solís de no matar a los animales, algo que además está prohibido por ley desde el año 1973. Sugirió buscar alternativas.

Los afectados aceptaron y se comprometieron a intentar esquivar los jaguares sin segarles la vida siempre y cuando las instituciones ofrecieran respuestas, lo que aún no ha ocurrido. Confían en que antes de que sus ganados padezcan nuevos ataques, les brinden una solución satisfactoria.

Pérdidas

Durante los meses transcurridos desde que decretaron la “tregua”, son varios los que tuvieron encuentros con el tigre. En más de una ocasión, el final pudo ser fatal para la fiera.

“Cuando nos tenía azotados este año, yo iba con una vaca parida, a unas dos horas de Colorado, y lo vi a lo lejos. Llevaba la pistola, le hice unos tiros por donde iba corriendo y por fortuna se fue”, recuerda Miguel Rocha, que se armó para protegerse de los jaguares. El susto que sintió le aconsejó no permitir a sus hijos andar por los caminos y las montañas solos. “Un amigo venía en la canoa y alcanzó a ver el tigre en la ciénaga. Le salió y le tiró la palanca para defenderse y por suerte el tigre se fue. Preocupado por el peligro que corríamos todos, yo iba a hacer unas trampas para agarrarlo vivo con un marrano de presa, pero ¿a quién se lo íbamos a entregar si nadie se atreve a amansarlo?”.

Semanas antes de aquel incidente, le llevaron un tigrillo a su finca y lo mantuvo un par de meses en su casa, hasta que lo liberaron en una zona por donde suele pasar el macho.

“A unos cien metros de donde yo estaba sentado apareció el tigre”, rememora Edilberto Benavides. “Le intenté disparar, pero no salió el tiro. Donde no se atranque, lo mato. Sentí miedo y eso que estaba con la escopeta en la mano”.

“De diciembre para acá, al señor José Manuel Díaz se le llevó dos terneros la misma noche. Le alcanzamos a quitar una presa y se fue por otro animal. A Ariel le comió dos; a José Machado, nueve; a Giovanni José Moreno, tres terneros. A Augusto Payares, cinco; a su hermano Carmelo, seis; a Joaquín Vergara, dos; a Edilberto Benavides, dos reses y un caballo; a Abel Machado, tres terneros y un potro”, repasa Miguel Rocha el listado de las pérdidas de algunos de sus vecinos de Colorado, a las que suma dos terneros suyos.

Hombres, mujeres y niños viven atemorizados con la amenaza de los jaguares en los corregimientos de Tiquisio. Salud Hernández-Mora

Hombres, mujeres y niños viven atemorizados con la amenaza de los jaguares en los corregimientos de Tiquisio. Salud Hernández-Mora

En Bocas de Solís, la lista es igual de larga. Todos quieren contar su caso. “Se me comió dos marranos, un ternero y cinco perros”, afirma Berta Elena Batista. “A mí un ternero. El tigre anda por los cerros, recorre mucho”, añade Silfredo Menco. “Si encuentra un niñito mal parqueado, se lo lleva. Hay que darles candela porque es una fiera, acaban con lo de uno y nadie nos para bolas. Dijeron que lo pagarían y nada”.

A los jaguares no solo les temen por los estragos que causa en sus ganados y el riesgo para los niños, pese a que es una extrañeza que ataque humanos. Les impresiona la fuerza que exhibe. “Ocho tipos no pudieron sacar en varias horas una vaca que quedó en un hueco y la dejaron para regresar por la mañana. Pero él fue por la noche, la sacó y se la llevó. Otra vez estaba un caballo en el agua, el tigre lo cazó y lo montó sobre el firme”, rememora José Machado.

“Puede coger una res, la arrastra y si encuentra un obstáculo que no puede salvar, se va y la deja. Regresa al día siguiente y de una salva el mismo obstáculo. No sé qué hará esa noche para volver con tanta fuerza”.

“Para nosotros, lo que se come, es una afectación total, el ternero nos da leche uno o dos años, es la alcancía, y tenemos créditos en el Banco Agrario”, afirma Carmelo Payares. “No somos grandes hacendados sino pequeños ganaderos. Si el país quiere tener los tigres, que nos paguen el daño”.

Esta es la finca ganadera Bocas de Solís, donde los animales están expuestos al peligro del tigre. Salud Hernandez-Mora

Esta es la finca ganadera Bocas de Solís, donde los animales están expuestos al peligro del tigre. Salud Hernandez-Mora

El jaguar se encuentra en la lista roja de especies amenazadas y uno de sus santuarios, la serranía San Lucas, de 14.424 kilómetros cuadrados, pierde a ojos vista masa forestal. Sus bosques selváticos, los humedales y ciénagas son un ecosistema perfecto para un felino que se mueve con idéntica agilidad en tierra firme y en el agua. Al menguar la vegetación y los animales silvestres de los que se alimentan, se ven empujados a acercarse a los poblados.

“La extinción del jaguar puede afectarnos a todos, incluso los que vivimos en la ciudad”, afirma Esteban Payán, director de la Fundación Panthera. “Es el felino más grande de este continente; por ser un carnívoro de su tamaño, requiere extensos territorios de bosque, con muchas presas, para sobrevivir”.

En los 60 y 70, era su apreciada piel su principal desgracia, la razón para que el hombre casi los aniquilara. En la actualidad, la presión de ganaderos y agricultores, además de la minería, representa el mayor peligro para la permanencia de la especie.

“Lo más preocupante es la pérdida de hábitat tanto de jaguares como de sus presas”, agrega Payán. Piensa que aún no somos conscientes de las graves consecuencias que para los propios campesinos tendría la desaparición de esos animales míticos. Entre otras, aumentarían los “roedores medianos que comen plantas y podrían incluso cambiar la estructura del bosque”.

La Fundación Panthera estima que se requieren 500 jaguares en una densidad promedio de tres animales en 100 kilómetros cuadrados, para que pervivan con las futuras generaciones humanas. De ahí que hayan constituido corredores de movilidad, de acuerdo con comunidades locales, para que esas fieras transiten por el territorio que necesitan. Pero faltan acciones de las autoridades medioambientales en lugares como la serranía San Lucas. “Cada vez que matan un jaguar se muere algo adentro”, sentencia Payán.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO