Crónicas

Una familia con más tragedias que los Kennedy

“Si me llegaran a asesinar a mí o algún miembro de mi familia, desde ahora responsabilizo a la Fiscalía por omisión, por no haberme prestado atención”. Lo escribió en el 2008, en una carta dirigida al Fiscal General de la época, en la que explicaba el rosario de asesinatos que aniquilaron a los Padilla Ortega. No sirvió. Él corrió la misma suerte el pasado 17 de noviembre.

Gildardo quedó tirado en la cuneta, junto a la moto con la que se ganaba el sustento. Los primeros que pasaron creyeron que era un accidente hasta que vieron el tiro en la cabeza y las vainillas. Entonces nadie quiso hacerse cargo del cadáver, ni siquiera la Policía Nacional.

El niño-bomba, una de las historias más atroces de la violencia

Si no se mete de polizonte, hoy su madre no tendría una sola foto para recordarlo. Justo un año antes morir, Heriberto abordó el barco que partía hacia Buenaventura sin que nadie lo viera. Llevaba a su inseparable hermano menor de la mano. Se escondieron hasta que estaban tan lejos de El Charco que ya no podían devolverlos.

“Cuando ya el barco iba afuera, me buscaron. Heriberto, o ‘Ñato’, como le decíamos, me dijo: ‘Mamita, también nos vinimos’. Pagué los pasajes. ¿Qué más podía hacer? No me los iba llevar porque es mucha plata, pero ellos querían conocer Cali. Y vea: gracias a eso es que tengo la fotico”.

El Mango (Cauca), el peor destino para un policía en Colombia

No existe peor destino para un policía. No solo por vivir las 24 horas escudado en las trincheras, sin un solo minuto de esparcimiento en la calle, esperando que en cualquier momento le lancen ‘tatucos’, cilindros o disparos de fusil o estalle una bomba. Sino porque es un proscrito en el pueblo; todos huyen de su lado en las esporádicas ocasiones en que patrulla, nunca le dirigen la palabra y menos le permiten entrar a una tienda. Y desde el alcalde hasta el último poblador, sea nativo o colono, se unen al coro que exige su salida inmediata, no por razones ideológicas o intereses de otra índole, sino por instinto de supervivencia.

“Aquí no hacen falta; no hay nada que cuidar: no hay banco ni ninguna sede estatal, ni alcaldía; tampoco peleas, ladrones o viciosos”, comenta un comerciante, en una queja que repiten sus convecinos de El Mango, un pobre y abandonado corregimiento de Argelia, en el suroccidente del Cauca, territorio del frente 60 de las Farc y que tiene en el cultivo de coca la principal fuente económica de sus 1.400 habitantes, de los cuales medio millar son menores. “Tampoco controlan lo que tiene que ver con la coca, porque no pueden hacer un solo retén, y la guerrilla pasa los cilindros por las barbas de ellos y ni se enteran. Entonces, ¿para que siguen? ¿Por capricho del Gobierno?”

La historia de una niña indígena del Chocó que no sabía sonreír

Era una figurita esquelética, con el estómago hinchado y bracitos como alambres. No dejaba de llorar.

La encontramos en Nambua, comunidad indígena a orillas de un río cristalino. Estaba sola, al sol, en una casa sobre pilotes, sin paredes, con el piso de tablones de madera y el tejado de eternit, algo alejada del resto de la comunidad. Al principio no nos acercamos, creyendo que su mamá o un adulto aparecerían en cualquier momento, hasta que no pudimos ignorar la angustia de su llanto y fue evidente su completo abandono. Espantamos el enjambre de insectos que la rodeaba y cuando intentamos acariciarla, lloró con más fuerza.

El Tour de Pablo Escobar

“El 90 % de la población de Medellín enviaba droga con Pablo. Por eso nosotros estábamos en el narcotráfico”. La audiencia mira embelesada al primogénito de los Escobar. Nunca imaginaron tener tan cerca a un verdadero mafioso. No es que supieran de los pasos torcidos de Roberto, ni siquiera oyeron hablar de él, solo saben que es hermano de un gran capo.