‘Perdimos a papá; queremos que Paula vuelva’: familia víctima de Farc

Hermanos de ganadera desaparecida en octubre están deshechos. Salud Hernández le siguió el rastro.

‘Pablo Catatumbo’ no conoce a Paula Ortegón. Tampoco sabía quién era José Marino, su padre, cuando la familia le rogó que los ayudara a localizarlo. Llevaba dos años y tres meses secuestrado, y las Farc no lo liberaban pese a haber cobrado el rescate.

Corría el año 1999 y ‘Catatumbo’, recién llegado a la región, descubrió que estaba muerto. Le pareció un error quitarle la vida en cautiverio a un nativo de la zona, entregado al trabajo y a los suyos. Ubicó la fosa y en el 2001 los familiares pudieron desenterrar los restos para sepultarlo en un cementerio.

Han pasado tres lustros y el comandante del Bloque Occidental ha vuelto a escuchar el clamor desesperado de los Ortegón. Necesitan encontrar a la hija de aquel hombre. Y en la zona las Farc ejercen control absoluto; es un corredor estratégico entre el Valle del Cauca y Tolima.

Paula, 36 años, soltera, amante de las montañas andinas, de las laderas boscosas y los espacios infinitos, del ganado y la vida campesina, desapareció el miércoles 22 de octubre del 2014 sin dejar rastro. Acababa de bajarse de la última chiva que, desde Palmira, conduce al pequeño corregimiento de Tenerife, jurisdicción de El Cerrito, Valle del Cauca.

Eran las ocho de una noche gélida y lluviosa, cuando el vehículo parqueó junto a la cancha cubierta de la localidad. Varias personas fueron testigos de que la recogió en su moto Fernando Piña, mayordomo de El Vergel, la hacienda que Paula heredó junto a sus tres hermanos cuando falleció el progenitor. Pero la población de unas 2.000 almas, dedicada al cultivo de cebolla larga, que no cuenta con residencias ni restaurantes, enseguida quedó desierta y nadie supo qué rumbo tomaron.

“Es muy berraco que lo señalen a uno de lo ocurrido”, me dice, desviando la mirada. “Somos inocentes de todo lo que está hablando la gente por ahí”, recalca con firmeza su compañera, Luz Enith.Por ser el último que estuvo con ella y colaborar con la guerrilla, a Piña aún le tiembla la voz cuando le pregunto por los pasos que dio ese día. Se le nota angustiado, y no es para menos. En el pueblo lo consideran el principal sospechoso de la desaparición de su patrona y es consciente de que un miembro del Secretariado de las Farc le respira desde Cuba en la nuca.

“Yo estaba en el pueblo porque había ido a llevar en mi moto al trabajador de otra finca y ella me pidió que la esperara, que llegaba en la última chiva. Cuando llegó, solo habló conmigo un momento para decirme que le negociara unas vacas. Se despidió porque alguien la estaba esperando para ir en moto a Augí, adonde otra finca que ella administra”, rememora Piña. “No sé qué se hizo”.

Finca El Vergel. Por ella murió el papá de Paula y por ella desaparecieron a la mujer.  Salud Hernández-Mora

Finca El Vergel. Por ella murió el papá de Paula y por ella desaparecieron a la mujer. Salud Hernández-Mora


Conversamos en El Vergel, en el amplio corredor donde Paula se sentía feliz. Tras la muerte de su papá, fue la única hija que se empeñó en mantener a flote la hacienda de sus ancestros, enclavada en una ladera de la Cordillera Central y en el borde de una trocha que conduce del casco urbano de Tenerife, a una media hora de distancia, hasta Buga.

Unos años se instaló en la propiedad, bregando de sol a sol como una labriega, hasta que su mamá cayó enferma de un cáncer terminal y volvió a la casa familiar de Palmira para acompañarla. Murió en el 2013, pero Paula optó por seguir viviendo en dicho centro urbano con su hermana Angélica y alternar el trabajo en un almacén de bisutería con estancias esporádicas de cuatro o cinco días en El Vergel. En mayo recibió mensajes intimidantes para que dejara la finca, pero no les hizo caso.

Armar el rompecabezas de aquel 22 de octubre no es sencillo. En Tenerife ya nadie quiere recordar.

Silencio

“Comprenda que es peligroso hablar porque ella desapareció en Tenerife, no en otro lugar”, me dice un habitante del corregimiento. “Vivimos en una zozobra muy horrible con eso que pasó”.

Al principio fue más fácil conseguir testimonios de quienes viajaron con ella, quizá porque pensaban en el pueblo que Paula aparecería en cualquier momento. Con el transcurrir de las semanas sin noticias suyas y con la certeza de que hay milicianos involucrados en los hechos, se fue imponiendo la ley del silencio. De ahí el relato de lo sucedido sea aún muy vago.

Paula acostumbraba a subir a El Vergel en una de las dos lecheras que salen de Palmira cada madrugada para recoger la producción del día en todas las fincas ganaderas. Pero el 22 decidió abordar la chiva de las cinco de la tarde que suele llegar a las ocho a Tenerife.

Quienes viajaron con ella se sorprendieron de verla a esas horas. Los calmó asegurando que Fernando Piña la esperaba. Dado que por su trabajo en el almacén contaba con poco tiempo para la finca, supusieron que querría aprovechar al máximo su estancia y estar presente en el ordeño de la madrugada.

Chateó con sus dos hermanas y unas amigas durante el trayecto. Sus mensajes reflejaban su habitual carácter alegre y dicharachero. A sus hermanas, siempre inquietas por sus desplazamientos, dada la fuerte presencia de la guerrilla y la ausencia de Policía y Ejército en el territorio, las engañó. Sobre las 6:30 p. m. envió un mensaje anunciando que ya se encontraba en El Vergel y ellas quedaron tranquilas.

En la breve parada que la chiva hizo en Augí, a Paula la esperaba el encargado de una finca situada en esa localidad, donde ella presta asesorías. Le entregó un medicamento que requería, conversaron un momento, se despidieron y ella siguió en el vehículo. Una vez en Tenerife, se encontró con su mayordomo, Fernando Piña. Después, su rastro se evaporó.

Milicianos

A unos quince minutos de El Vergel se encuentra Juntas, una inmensa hacienda en la que ‘Caliche’, poderoso miliciano y hermano de Luz Enith, es mayordomo desde hace un cuarto de siglo. Nada de lo que ocurre en el área escapa de su control.

“Por aquí no ha venido; como que se perdió”, responde con sonrisa socarrona al preguntarle por Paula Ortegón. “De pronto se fue con un novio a España para que la familia no se entere”, añade con el desparpajo y la insolencia de quien se sabe temido.

Un finquero que está a su lado interviene. “La desaparición de Paula es mala para la región. Nos tienen señalados, es incómodo. Cuando eso ocurrió, le dijimos a los trabajadores: si son responsables, se pierden. Si son inocentes, vayan a la Fiscalía, y eso hicieron. Aquí no está el culpable, pero necesitamos que ella aparezca para acabar con los rumores”.

Fernando Piña fue el único que acató la propuesta y se presentó en la Fiscalía de Palmira. Le formularon preguntas sencillas y lo dejaron ir. Más tarde trasladaron el expediente a la Fiscalía 15 Especializada de Cali, que aún no se ha desplazado a Tenerife para buscar testigos e interrogar a los sospechosos.

Quien envió una comisión fue Pablo ‘Catatumbo’. El pasado 24 de diciembre arribó un grupo perteneciente a la Columna móvil Víctor Saavedra, procedente del Cauca, bajo el mando de alias el Cojo.

En un recodo del camino, solo transitado por quienes cuentan con el permiso de ‘Caliche’ y otros milicianos, y a pocos metros de El Vergel, convocaron a los capataces y empleados de las fincas. Una vez reunidos, le preguntaron a Piña y al resto por lo sucedido. “Digan de una vez si saben algo, para que luego no vayan diciendo huevonadas”, advirtieron. El mayordomo repitió lo mismo que dijo a este diario y el resto de asistentes guardó silencio. El comandante despachó rápido el caso de Paula, dando por buenas las versiones, y dedicó el resto del encuentro a contar su visión del proceso de paz. Un par de horas más tarde se fueron. Desde entonces no han vuelto.

Tras la desaparición de Paula, varios propietarios de fincas recibieron mensajes amenazantes y abandonaron sus tierras, al igual que un ganadero vecino de El Vergel. Lo visitaron unos encapuchados para advertirle que lo matarían si no se marchaba.

Fernando Piña asegura que él también recibió una amenaza escrita vía celular, el 24 de diciembre: “Malditos acecinos (sic) ladrones de ganado. Voy por vox, tus cuñados y todos esos ijuoputas (sic)”.

“Fernando y yo somos nacidos y criados en la región, pero nos toca irnos donde encontremos otro trabajo”, explica Luz Enith. “El único hermano varón de Paula quedó al cargo de la finca y no viene, únicamente llama por celular. Ya no manda a limpiar un potrero, arreglar una cerca, como hacía ella, y así no se puede. Pero no estamos huyendo, siempre vamos a estar disponibles para responder”. Aunque ella muestra serenidad y aplomo, son muchas las inconsistencias en los testimonios de su compañero, que deberá aclarar.

En Tenerife y las aldeas aledañas, aparte de compadecerse por el infortunio de los Ortegón, temen que retorne la violencia que arrasó sus existencias apacibles en los noventa y principios de este siglo. Solo en el 2005 recobraron la calma y regresaron muchos de los que se habían desplazado.

“La violencia empezó igual, con una desaparición, un asesinato. Se fue creciendo hasta volverse espantoso. Uno veía muertos en los caminos y no dejaban recogerlos”, rememora una mujer. “Ahora podría ser lo mismo. Lo que le pasó a Paula tira por tierra muchas ilusiones. Volvimos a empezar pensando que se podían tener sueños. Pero este mazazo rompe todo”.

En Palmira, los tres hermanos de Paula están deshechos. Mantienen viva la esperanza de recobrarla pronto, pero los desespera la indiferencia de las autoridades. “Ya perdimos a mi papá; necesitamos que Paula regrese”.

Texto y fotos:
SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO