‘Que los mineros no vuelvan’, piden en pueblos que le dicen no al oro

Armados de ametralladoras y fusiles, unidades de los Escuadrones Móviles de Carabineros de la Policía controlan desde diferentes colinas un paisaje dantesco. Montículos de arena desordenados y huecos profundos. En las entrañas de esa tierra que fue fértil yacen los restos de un número indeterminado de buscadores de oro. Sacaron trece cadáveres, pero en Santander de Quilichao los que trabajaron en la mina de San Antonio aseguran que quedan al menos otros veinte.

“Era mucha la gente que se metía en los turnos de tres horas que daban los patrones. Iban por grupos de familiares y amigos. Les asignaban un espacio pequeño; de ancho, apenas para meter el cuerpo. De largo, cinco o seis personas todas pegadas. Por eso había mucho accidente, uno picaba la piedra y a veces le daba al de atrás”, recuerda un minero.