‘No es solo oro lo que brilla en Guainía’

A pesar de la gran reserva de recursos minerales, la lucha contra la minería ilegal es muy difícil.
No es solo oro lo que brilla en Guainía. El coltán es el principal objeto del deseo de extranjeros y nacionales. Lo siguen buscando porque lo hallado en el Parque Natural Nacional Puinawai es de baja calidad, nada comparado con el que existe en Venezuela.

También van detrás del tungsteno, aunque la mina más grande que había, la de Zancudo, en Cerro Tigre, una elevación en medio de una inmensa planicie selvática, está cerrada de manera temporal. El exceso de vacunas de varios frentes de las Farc y dos ‘bacrim’, así como la caída en un 40 por ciento del precio internacional, la tenían al borde del precipicio.

Un reciente operativo policial y militar le dio el puntillazo. Pero indígenas puinaves, curripacos, cubeos y sicuanes, que obtenían de ella sus recursos, confían en que la reabran el próximo año.

“Cuando había harta gente, se sacaban 15 a 20 toneladas en un mes. Pagaban al minero 8.000 pesos el kilo en la mina”, recuerda Jairo González, líder puinave.

Sacos de coltán decomisados, que se encuentran en cadena de custodia en Puerto Inírida. Salud Hernández-Mora

Sacos de coltán decomisados, que se encuentran en cadena de custodia en Puerto Inírida. Salud Hernández-Mora

Los compradores, amparados por una empresa formal, embarcaban el tungsteno en el río Inírida y recorrían un laberinto de caños durante ocho o quince días, según el nivel de las aguas, hasta arribar a la vereda El Retorno, en el departamento del Guaviare. Luego seguían por carretera hacia Bogotá.

“Sin la mina, que funcionó cinco años, estamos de manos cruzadas. Los indios ya nos acostumbramos al tinto de los blancos y no tenemos con qué comprarlo. El Gobierno tiene que dar alternativas”, agrega González.

La novedad de las llamadas “arenas negras”, que en Guainía explotan de manera ilegal, es el estaño, aún extraído en cantidades pequeñas. Encontré el campamento de la única mina de la que se tiene noticia en una playa del río Atabapo, tras varias horas de navegación por un paisaje tan bello como solitario. Un ciudadano canadiense, que pasa temporadas en Inírida, es el comprador de todo lo que extraen.

“Vamos a completar un año”, comenta Fabio (*), un indígena alto y fornido, que dirige la operación en el terreno. A su mando tiene quince trabajadores.

Explica que por cada bulto de 20 kilos de arena, que extraen del fondo de los ríos, obtienen uno de estaño. Una parte la sacan con tubos conectados a una pequeña y rudimentaria balsa (draga) de madera y techo de paja, idéntica a las que emplean los mineros de oro en Guainía; la otra se la llevan indígenas que viven en caseríos de los alrededores. Fabio les paga entre 2.500 y 3.500 pesos por kilo. Es una labor ardua, bajo un sol aplastante.

“Si uno trabaja rápido, consigue de 10 a 15 kilos por día. Es muy duro y pagan poco. Pero necesitamos recursos, tenemos estudiantes en Inírida”, cuenta un nativo curripaco. “En nuestra comunidad vivíamos del chiqui-chiqui (una fibra), el casabe y el mañoco (dos productos alimenticios locales hechos de yuca brava); las balsas de oro llegaron como hace tres años y ahora apareció esa tierra negra”.

Cada dos meses juntan unas cinco toneladas de estaño que los dueños del mineral exportan, vía Bogotá, tras recorrer en bongos, de manera furtiva, igual que ocurre con el tungsteno y el coltán, cientos de kilómetros por una intrincada geografía.

“Por estos lados los indígenas solo consiguen cultivar yuca brava y algo de piña para el consumo. Pescado hay poco en el Atabapo. La mina es su único ingreso”, señala Fabio. “Nosotros queremos que nos formalicen para que el Gobierno nos deje trabajar en paz y podamos sacar el doble o más de estaño, el de Colombia es de buena calidad”.

Pese a las enormes expectativas que despierta, el potencial que posee y una historia que se remonta más de medio siglo, la minería en Guainía sigue en pañales, ni siquiera da lo suficiente para mover el comercio de la capital del departamento. Pero constituye el principal medio de vida para quienes no acceden a un puesto en la alcaldía, la gobernación o alguna de las entidades estatales, principales fuentes de empleo en una región donde no hay industria ni empresas medianas.

“En Colombia quieren abolir la minería, no nos dejan trabajar, y el Gobierno no debería castigarla porque Inírida se mueve es por el oro de acá y de Venezuela, y por las arenas negras”, exclama una mujer que alterna su empleo de mesera con trabajos esporádicos en las minas.

Operación Arpón

Basta observar el mapa de Guainía y recorrer parte de la región, para constatar que la guerra que la Policía, la Marina y el Ejército libran contra lo que ellos denominan minería “criminal”, está perdida de antemano. Selvas impenetrables, grandes ríos solitarios, una maraña infinita de caños y una frontera fluvial de 434 kilómetros con Venezuela obstaculizan sus batallas.

En la operación Arpón, llevada a cabo el 22 de agosto por los tres cuerpos mencionados, destruyeron seis balsas (dragas) y dos campamentos mineros en el Atabapo.

A fin de evitar filtraciones, los oficiales responsables debieron guardar total sigilo sobre el auténtico objetivo hasta momentos antes de ponerla en marcha.

Un grupo de policías, conformado por mujeres y hombres, se hicieron pasar por contrabandistas de gasolina del Vichada para surcar el río sin despertar sospechas. Se trasladaron en cinco bongos que habían comprado a unos comerciantes. Ellos iban en la parte trasera, a cara descubierta, y los que llevarían a cabo el asalto viajaron acostados en la estrecha embarcación, cubiertos con una lona.

“Fue una misión criolla, no se utilizaron las grandes tecnologías ni helicópteros sino una larga labor de inteligencia y de encubrimiento para caerles por sorpresa a las 7 de la mañana. Nunca creyeron que pudiéramos llegarles hasta ese punto del río sin que nadie advirtiera el engaño”, relata uno de los policías, destinado a la guarnición de Guainía, que participó en Arpón. Además de inutilizar las dragas, lograron capturar in fraganti a ‘Shirley’, radiooperadora y financiera del frente ‘Acacio Medina’ de las Farc. Cargaba 18 millones de pesos de las vacunas que había recogido momentos antes.

“Esta vez los mineros no pudieron protestar, como ocurre en otras ocasiones, porque se evidenció la participación de las Farc en la cadena del negocio”, señala el policía. “Ese frente, que tiene de cabecilla a ‘John 40’, no ataca, es financiero. Su objetivo es la producción de dinero”, asegura. Cuenta con unos 150 efectivos, medio centenar en Colombia y el resto, en Venezuela.

Las autoridades son conscientes de la dificultad de su misión. Saben que los mineros vuelven a lo mismo, pero asestándoles golpes constantes consiguen que el problema no se desborde, como ocurre en otros lugares del país.

“Yo la llamo minería criminal. Cuando viene la sofisticación de la maquinaria deja de ser artesanal para convertirse en una explotación criminal de los recursos del Estado y fortalecen el aparato militar de la guerrilla”, afirma el mayor Óscar David Moreno, comandante del Batallón de Selva Número 45. “Guainía cuenta con recursos hídricos inagotables, parques naturales, selva amazónica. Hay oro, coltán, uranio, tungsteno, diamantes”, afirma el mayor, que considera, al igual que el coronel Óscar Antonio Moreno, comandante de la Policía de Guainía, que la función de ellos es proteger un riquísimo patrimonio natural que pertenece a los colombianos y la humanidad.

Mineros tradicionales

En noviembre, al realizar este reportaje, fui al punto del río Atabapo donde desarrollaron parte de la operación Arpón. Había balsas de nuevo pero en un número menor, y estaban reconstruyendo una de las destruidas. Los encargados de cuidar la balsa, alegaban que no tenían camino distinto a seguir que buscar oro.

Muestra del oro extraído en el río Atabapo. La imagen fue tomada en un almacén de Inírida. Salud Hernández-Mora

Muestra del oro extraído en el río Atabapo. La imagen fue tomada en un almacén de Inírida. Salud Hernández-Mora

“Le meten una bomba a una draga, nos tratan como delincuentes y aquí no hay delincuentes. ¿Dónde está la paz?”, se queja un minero.

En la Cooperativa de Mineros Colmicoop, cuya sede se encuentra en la calle principal de Inírida, también están indignados. Aparte de la operación Arpón, rechazan la de finales de noviembre en el río Inírida que terminó con una treintena de mineros detenidos.

“Agremiamos a los mineros tradicionales que buscan la manera de legalizar su actividad. Ya hay 400 en la etapa de regularización. La ley habla de un año como límite para culminar los trámites pero nosotros llevamos desde el 2012 esperando. Esta es una minería de oro de subsistencia, no somos criminales sino trabajadores honrados”, alega Sergio Varón, presidente de Colmicoop. “Hemos hablado con el ministro, le contamos nuestra situación, conocen qué trámites hacemos, la ley protege en teoría a los que se están formalizando, pero no es cierto. Destruyen balsas y detienen a mineros tradicionales”.

Los mineros afirman que si las Farc se financian con sus vacunas, también con el cemento que llega a Inírida por río para construir la estación de Policía. Todo lo que se mueve por río supone ingresos para la guerrilla. Antes cobraban 50.000 pesos por tonelada y ahora doscientos mil, una cifra abusiva y ruinosa para transportistas y comerciantes.
“Necesitamos que hagan una sustracción diferencial de Guainía, que está en reserva forestal desde 1959, para otorgar títulos especiales a la minería tradicional”, argumenta Varón.

En cuanto a la corporación ambiental de la región (CDA), su función es marginal ya que no pueden realizar supervisión alguna en campo debido a la presencia de las Farc.

Con todo, la mayoría del dinero que corre por Inírida no procede de la minería de Guainía, sino de las explotaciones de oro venezolanas, a las que se accede por el Orinoco y que causan estragos ambientales irremediables. Dan empleo a miles de colombianos desde hace varios lustros. También inyectan plata al frente ‘Acacio Medina’ de las Farc, la autoridad en las minas, y a elementos corruptos de la Guardia Nacional, que cobran a cada colombiano por dejarlo pasar.

Intenté acercarme a las minas, pero en el primer retén fluvial de la Guardia, en el Orinoco, me mandaron de regreso a Colombia. Cerca de Inírida me crucé con un bongo de mineros rumbo a Venezuela. El oro seguirá fluyendo a ambos lados de la frontera.

(*) Nombre cambiado por seguridad del entrevistado.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO