Vuelve la coca con fuerza al Amazonas

‘Caqueteños’, tras caída de capos regionales, quieren dominio del área.

Las alarmas están prendidas. Las guerras entre narcotraficantes por hacerse con el control de un negocio cada día más floreciente amenazan la paz de Leticia. Desde que las autoridades brasileñas detuvieron hace tres años a ‘Javier’, un sanguinario capo de nacionalidad peruana, amo y señor, hasta su captura, del tráfico de estupefacientes en el trapecio amazónico, son los colombianos los que mandan.

‘Los Caqueteños’, cada vez más fuertes después de que murieran asesinados alias el ‘Abuelo’, traficante de armas, y la ‘Firma’, poderoso narco; de que detuvieran a ‘Adolfo’, su socio, y de acabar con distintos rivales, aspiran al dominio absoluto de la región.

Unos cálculos apuntan a que hay más de treinta mil hectáreas cultivadas desde San Pablo, el pueblo del Perú donde el Che Guevara descubrió el sufrimiento de los leprosos, hasta Caballo Cocha y Erené, en la provincia Mariscal Ramón Castilla, de la nación vecina, ambos cercanas a Leticia.

La capital del departamento del Amazonas es puerto de paso de buena parte de la cocaína que sacan hacia Manaos y Tefé, municipio del estado brasileño del Amazonas, a unos 600 kilómetros de distancia, que se ha convertido en un importante centro de acopio del polvo blanco. De allí parte a Surinam y después a Europa, vía algún país de la costa occidental africana.

Las autoridades peruanas calculan que son unas ochenta toneladas anuales las que facturan las mafias hacia esa población desde la triple frontera. La facilidad para esconderse en la maraña de ríos y en la manigua y la raquítica presencia de la Dinandro, policía antinarcóticos del Perú, propician el crecimiento de la producción.

Varios peligros se ciernen sobre la pequeña capital colombiana. Desde la lejana prisión de alta seguridad en la que está recluido, alias ‘Javier’ tiene lugartenientes que intentan resucitar una ruta para acumular suficientes fondos con los que comprar su traslado al penal de Tabatinga, el pueblo brasileño pegado a Leticia. Una vez en la localidad amazónica, podría escapar con facilidad. Si regresara, la guerra por recuperar su reino dejaría un reguero de muertos.

También es preocupante que un sector de ‘los Caqueteños’ acaricie la idea de ‘vacunar’ a los traquetos en la misma Leticia. O que desmovilizados de la guerrilla y, sobre todo, de los paramilitares estén llegando para incorporarse tanto a las bandas que tienen en Perú su centro de operaciones como a las dedicadas al microtráfico.

La capital del departamento del Amazonas es puerto de paso de buena parte de la cocaína que sacan hacia Manaos y Tefé. Foto: Archivo Particular.

La capital del departamento del Amazonas es puerto de paso de buena parte de la cocaína que sacan hacia Manaos y Tefé. Foto: Archivo Particular.

Los turistas no pueden imaginar que por las calles apacibles y en los hoteles del centro coincidan con los matones y los mafiosos.Y no hay que olvidar que el aeropuerto Vázquez Cobo, de la ciudad, es puerta de entrada y salida de droga y armas. Como los 1.500 cartuchos para AK-47, camuflados en una colchoneta ortopédica, que alias ‘Adolfo’ recibió antes de ser capturado; la base de coca que él mismo mandaba a Bogotá para surtir al ‘Bronx’, y la marihuana que envían de Corinto para el consumo local.

“Cuidado que la ciudad se va a pu…”, me advirtió un leticiano.

 

Los ‘israelitas’

El corazón del nuevo reino cocalero no es Leticia sino Caballo Cocha (provincia de Mariscal Ramón Castilla), a tres horas de distancia en bote. Se trata de un pacífico pueblo peruano, de 18.000 habitantes, a orillas del lago del mismo nombre.

Detrás de una fachada de calles pavimentadas y silenciosas, de su placita ordenada y colorida, donde juegan los niños al caer la tarde, cuando se levanta la brisa, se mueven los hilos oscuros del narcotráfico.

“Es el sitio de descanso” de los narcos, me dice su alcalde, Julio Khan. Y residencia de unos diez mil ‘israelitas”, miembros de una singular secta evangélica fundada por Ezequiel Atacusi. Son fáciles de distinguir por el pañuelo negro que llevan las mujeres para cubrirse el cabello, y por la barba de chivo de los varones. Poseen prósperos negocios, como el Hotel Gran Rey, el mejor del pueblo.

“La primera semillas de coca la trajeron los israelitas hace diez años”, cuenta un lugareño que, como es habitual en las tierras donde la boca cerrada es un seguro de vida, pide anonimato. “Predican, pero tienen cultivos”, agrega en tono crítico. Otros habitantes y algunas autoridades aseguran que poseen, incluso, laboratorios para procesarla. Su enorme influencia, unida a lo dicho por el alcalde, hace del casco urbano un lugar sin apenas violencia.

Tampoco la sufren en Cushillo Cocha, vereda al borde de otro lago precioso. Se llega desde Caballo Cocha en veinte minutos, por un estrecho camino pavimentado. Su población de tres mil almas –indígenas ticunas, de mayoría evangélica– se resistió al principio a cultivar la mata, pero fue cediendo por los ingresos que proporciona y ahora la intercala en sus chacras con la yuca y la fariña.

“Antes había una ladrillera y ahora son dos, y no dan abasto con los pedidos; hay que hacerlos con meses de antelación”, explica un vecino de Cushillo Cocha, orgulloso de ver cómo las viejas casas de madera y paja de su vereda ceden su lugar a las de material.Debido a sus creencias religiosas, las familias emplean el dinero de la venta de hoja de coca –les pagan el equivalente a unos 150.000 pesos por bulto– en mejorar sus viviendas, algo inusual en las poblaciones cocaleras.

No hay burdeles, billares, residencias ni restaurantes bulliciosos. Quien los busque debe ir hasta San José, un caserío que es punto de reunión de los raspachines de la zona y guarida de laboratorios. Hasta él se accede por un caño desde Cushillo Cocha, igual que a Samaria y Galilea, dos enclaves donde solo se puede trabajar con permiso de ‘los Caqueteños’. En las selvas que circundan a los tres existen cultivos de coca de hasta sesenta u ochenta hectáreas, propiedad de peruanos y colombianos.

También hay discotecas en Caballo Cocha, y hasta ellas llegan los fines de semana menores de edad de Leticia, que son explotadas como prostitutas.

Los campesinos peruanos se limitan a cultivar y recoger la hoja; es raro que la procesen. Los colombianos participan en toda la cadena: raspachines, vigilantes, químicos de los laboratorios, sicarios, caleteros, compradores…

Los insumos químicos proceden de Brasil, donde no se controla su compra y su precio es menor.

En Caballo Cocha están a punto de inaugurar dos gasolineras. Dada la pequeñez del parque automovilístico –por regla general, motocarros que apenas consumen combustible–, los investigadores colombianos no dudan de su destino: abastecer los laboratorios.

La población compra la gasolina en puestos callejeros y los mafiosos deben traerla de Leticia. Por los controles de la Policía y la Armada colombiana, el precio para los narcos se ha disparado. Por eso planean que las nuevas bombas las adquieran de manera legal y en cantidades suficientes en Iquitos, la principal ciudad peruana sobre el Amazonas, a 325 kilómetros. Solo tendrán que pagar ‘vacunas’ en Caballo Cocha a los agentes de la Dirnandro para trasladarla.

Asesinatos

Las disputas sangrientas entre las bandas son constantes, igual que el goteo de víctimas de los piratas. Torturan y asesinan a los transportadores de droga para robarles la mercancía, y los dueños de los cargamentos hacen lo propio en represalia. Pero los cadáveres no llegan a los centros urbanos; los botan al río o los dejan en las islas del Amazonas.

“Necesitamos apoyo y más coordinación de los países vecinos”, afirma el alcalde Julio Khan. Solo con Colombia, Perú tiene una frontera fluvial de 1.626 kilómetros sin apenas presencia de las autoridades de su país. Y la corrupción, que impregna hasta la médula a la policía peruana en el área, es otro freno. Los positivos se los dan los narcos y si hay que capturar a alguno de renombre, eso solo es posible si el operativo se organiza en Lima.

“En el puerto solo registran a los pasajeros que salen o entran para ver si llevamos dinero. Si descubren a alguien con billetes, se quedan con ellos”, explica un colombiano.

Fue alias ‘Javier’ quien inició alianzas con los narcos colombianos. El gobierno de Álvaro Uribe, a raíz de la desmovilización de las Auc, envió a ochocientos reinsertados a Leticia. La mayor parte no generó problemas, pero unos optaron por seguir delinquiendo. “ ‘Javier’ se los llevó a trabajar con él, y cuando desapareció de escena, se quedaron con el reinado”, asegura un investigador.

‘Los Caqueteños’ se han visto obligados a cambiar de cabeza con frecuencia por sus luchas internas y los golpes que les propina la Policía Nacional colombiana. Uno de los últimos lo dio en Milán (Caquetá). Apresaron a Jaime Humberto Rojas, uno de sus mandos.

Al margen del riesgo para la seguridad en un área que llevaba un tiempo respirando paz, preocupa el daño creciente a la naturaleza.

“Si eres conocido de alguien y esa gente (las bandas) lo permite, puedes tumbar selva para hacer tu chacra y cultivar coca. Nosotros éramos dos en un cultivo de siete hectáreas que pertenece a un señor –cuenta un raspachín de origen colombiano–. El dueño nos dio una carabina para hacer la vigilancia porque, cuando las matas están para raspar, hay gente que se mete por la noche a escondidas y lo raspan todo”. En los cultivos apartados, de acceso complejo, rige en cierto modo la ley de la selva.

Una vez procesada, las mafias transportan la droga en lanchas con doble fondo hacia Leticia, o en costales amarrados al bote, casi siempre de noche. La última incautación de la Policía colombiana en el río fue de 1,5 kilos de cocaína líquida. Procedía de Bellavista (Perú), otro de los puntos neurálgicos de los narcos, a unas dos horas de Leticia. En ese lugar deforestaron unos 38 kilómetros cuadrados de manigua para cultivar coca.

“En Amazonas estamos retrocediendo a la época de Pablo Escobar, cuando los narcos compraban la coca por fuera –me dice en Leticia alguien que conoce bien el narcotráfico–. Cuando se quieran dar cuenta, el problema se habrá salido de las manos”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO