Entradas etiquetadas: Desnutrición infantil

Crónica

El ‘calvario’ de los niños de Carmen de Bolívar

Carmen de Bolívar. La escuelita tiene un salón, una profesora, un pelotón de moscas y una veintena de niños. No hay agua, deben esperar que llueva para llenar el tanque que nadie limpia. Si no cae nada del cielo, pasan sed. Hambre siempre, diluvie o sea verano. Las raciones son tan raquíticas que no llenan sus estómagos, acostumbrados ya de por sí a las carencias.

La mayoría llega a pie al centro escolar de Caño Negro; algunos recorren largas distancias bajo un sol que derrite las ganas de estudio. Solo cinco lo hacen en un añoso bus Dodge, modelo 79, que cada mañana los transporta desde el Carmen de Bolívar.

Crónica

El regreso a casa de niña embera encontrada en estado de desnutrición

Hizo el camino de vuelta despierta, en brazos de su tía. Viajaba tranquila, como si nada le fuera ajeno, ni la canoa estrecha, ni el río cristalino, ni la selva, ni el torso desnudo de su madre adoptiva contra el que se apretó las tres horas que duró el trayecto. Nada podía hacerle presagiar el futuro oscuro que le auguran muchos.

La niña regresaba a Nambua, la comunidad de los indígenas embera de la que la sacamos en abril del 2013, cuando solo era una raquítica figura al borde de la muerte. Un fotógrafo y yo dimos con ella por casualidad, y en aquel momento la comunidad nos permitió llevarla a la cabecera municipal y luego a Bienestar Familiar para que le salvaran la vida.

Crónica

La historia de una niña indígena del Chocó que no sabía sonreír

Era una figurita esquelética, con el estómago hinchado y bracitos como alambres. No dejaba de llorar.

La encontramos en Nambua, comunidad indígena a orillas de un río cristalino. Estaba sola, al sol, en una casa sobre pilotes, sin paredes, con el piso de tablones de madera y el tejado de eternit, algo alejada del resto de la comunidad. Al principio no nos acercamos, creyendo que su mamá o un adulto aparecerían en cualquier momento, hasta que no pudimos ignorar la angustia de su llanto y fue evidente su completo abandono. Espantamos el enjambre de insectos que la rodeaba y cuando intentamos acariciarla, lloró con más fuerza.