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Columna

Las lentejas de Piqué

Si no se siente español, ¿qué hace en la selección? Ganar plata, supongo.

Colombia y sus enfrentamientos con Maduro no son noticia en Europa. Mientras las tropelías fronterizas del tirano chavista ocupan los noticieros colombianos, en España, donde me encuentro, pasan casi inadvertidas. El foco está en el insoluble problema de los refugiados sirios, qué hacer con ellos y con su guerra.

El Primer Ministro de Hungría, país que recibe la mayor oleada de exiliados, advirtió que solo aceptará sirios de religión cristiana, no quiere musulmanes que impongan sus tradiciones. En dos décadas, pronostica, serán más de cien millones en el Viejo Continente. En lugar de campanarios, veremos minaretes y mujeres cubiertas de la cabeza a los pies, haciendo trizas las Constituciones donde es dogma la igualdad de sexos. El velo simboliza el sometimiento de la mujer al hombre, con todo lo que conlleva. El temor de muchos, aparte de financiar asilados en naciones de economías precarias, es que conformen en el futuro mayorías ciudadanas que les permitan conquistar alcaldías en las urnas e imponer leyes islámicas.

También preocupa el dilema que Washington y los gobiernos europeos no parecen dispuestos a abordar de inmediato: ¿cómo acabar la guerra y detener el flujo de refugiados, si continúan alimentándola? ¿Dejan de armar a los rebeldes sirios? Ya conocen que parte de las ayudas que repartieron entre una maraña de grupúsculos indescifrables contribuyeron a fortalecer el Estado Islámico.

Apuesto a que tarde o temprano harán lo mismo que en Egipto: abandonarán los sueños democráticos y a unos rebeldes que no los encarnan; mirarán para otro lado y permitirán que Assad reasuma el poder absoluto.

Si pudieran, harían igual en Libia, donde reina el caos y no se avizora una luz en el horizonte. Dejaron que mataran a Gadafi y no tienen recambio para el sátrapa.

Más de uno en Colombia se dirá, ¿en qué me afectan los problemas de esas naciones árabes? Que se apañen los imperialistas europeos que los causaron.

Pero tiene consecuencias, empezando por el proceso de paz de Santos, que pasa a un plano muy secundario. No esperen grandes apoyos económicos después de la firma del engendro que negocian en Cuba. La prioridad europea será financiar refugiados, reforzar la guerra contra el Estado Islámico y reconstruir Siria más adelante.

Si ahora las conmovedoras imágenes de familias sirias en las fronteras obligan a la Unión Europea a tomar medidas improvisadas para paliar su drama, será peor en los meses invernales, con la nieve agravando las condiciones infrahumanas en que sobreviven los errantes.

En España, además, la atención está concentrada en las elecciones catalanas del domingo 27. Parece que ganarán Gerard Piqué y los que creen que Cataluña, que jamás fue nada distinto a una región o un condado, debe convertirse en nación soberana. El esposo de Shakira hace campaña a favor de la separación de España y por eso lo chiflan en los partidos de la ‘Roja’. Si no se siente español, ¿qué hace en la selección? Ganar plata, supongo. El caso del jugador, que se vende por un plato de lentejas, es insignificante frente a las repercusiones económicas y políticas de la independencia de Cataluña.

Pero ilustra lo que soportan los españoles desde la Constitución de 1978: un incesante bombardeo de ansias separatistas e invectivas contra el Estado español, mientras exigen y cobran cheques de España. Quizá llegó la hora de soltar amarras.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA

Columna

El niño de la playa

La emigración será el gran problema del presente siglo, junto a la falta de agua.

No era necesario verle la cara ni conocer su nombre. Ni escuchar el relato de su padre. Su cuerpecito varado en la arena, acariciado por las olas, es el grito atronador de los desesperados. Era sirio, pero pudo ser sudanés, pakistaní, chino, libio, salvadoreño, somalí, cubano… Son cientos los que mueren cada año en el planeta intentando alcanzar otra frontera.

¿Qué hacemos en Colombia con emigrantes que pasan por este país arriesgando la vida, igual que la familia del niño de la playa? ¿Acaso escuchamos a este u otro gobierno ofreciéndoles refugio, techo, comida, un futuro, dándoles la mano? Y los ciudadanos, ¿clamamos por sus derechos con el mismo fervor que con los deportados colombianos?

Decenas de ellos utilizan Urabá y la ruta del Darién en su tortuoso recorrido hacia Estados Unidos. Van hombres solos y también padres con hijos. Si los caza la policía en una flota, con frecuencia los dejan seguir a condición de pagar un soborno. Otros agentes honestos los detienen y no saben qué hacer con ellos. Lo normal es que sus países –Bangladés o Somalia– no tengan delegación diplomática. Y si cuentan con una embajada en Bogotá, alegan que no hay fondos para repatriarlos.

Los detectados al menos han sobrevivido a un viaje caro y espantoso, con unos tramos recorridos en condiciones infrahumanas. A otros se los traga el mar o la selva, y si llegan a una orilla y los recogen, quedan en el cementerio de Turbo, enterrados sin nombre.

Ahora que el gobierno Santos está conmovido por los compatriotas expulsados de Venezuela como perros, podría voltear la mirada hacia el otro lado y buscar una salida a esos seres humanos llegados de lejos. Poseen las mismas ansias que los nuestros de salir adelante con su esfuerzo, de encontrar una nación que los acoja.

Hace poco estuve en Urabá y conversé con unos policías sobre esos extranjeros. Y estábamos de acuerdo. Pensábamos que no deberían detenerlos, sino mirar para otro lado si advertían su presencia en Turbo o Apartadó, donde demoran varias jornadas escondidos en casas de lugareños que los guardan a cambio de que la red de coyotes les paguen una plata.

Deberían permitirles continuar su ruta hacia La Miel, el pueblito panameño por el que muchos pasan. No hacen daño a nadie, no son delincuentes, y Colombia solo es territorio de tránsito.

Lo bueno sería que los emigrantes asiáticos, latinos y africanos nos vieran como puerto de destino y les abriéramos los brazos. Pero ni siquiera acogemos a los cubanos en busca de asilo del aeropuerto de El Dorado, y hace poco deportamos a un estudiante venezolano a sabiendas de que lo juzgarán sin garantías ni derechos. ¿Qué puede, por tanto, esperar el resto?

Colombia debe abrir la mano no solo a la rica inversión extranjera, también a emigrantes sin recursos, cargados de sueños. Siempre fue un país cerrado, a diferencia de Venezuela, así nos duela reconocerlo.

Los recientes dramas del Táchira, Budapest, el Mediterráneo o la costa turca deberían movernos a pensar que también aquí somos culpables de una tragedia de dimensiones bíblicas para la que no hay soluciones fáciles ni rápidas en ningún lugar del planeta. La emigración será el gran problema del presente siglo, junto a la falta de agua.

Es fácil tirar piedras a europeos y norteamericanos por una fotografía que nos devasta. Y seguir sin mover un dedo cuando el drama toca la puerta de casa.